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   Cómo sobrevivir a un día perfecto, en el que no tienes motivos para quejarte, en el que transcurren los minutos y no se borran las sonrisas, en el que todo fluye fácilmente y sin prisas. Te buscas, me encuentras y el universo se pone a mis pies concediéndome uno a uno mis deseos. Y es que hoy es un día nuevo, en el que amanecí entre zancadas y arcoíris, en el que sin esperarlo se me regaló una mañana entera. Hoy es un día en el que los astros se alinean para mí, en exclusiva, aunque compartiré contigo mi suerte si la necesitas.

   Cómo sobrevivir a un día impecable, sin vivir al abrigo de la angustia del mañana, que será irremediablemente peor que este hoy que ya casi acaba. Hoy; día de cifras perfectas, es el siete con estrella, el de la buena ventura, el día que nada ni nadie puede arrebatarme nunca. Me buscas, te encuentras y el espacio sideral gira al ritmo que le he impuesto. Y es que hoy, fue un día estupendo; en el que vi caer la lluvia y me sentí viva, el día en que los planetas bailan al son de mi música, puedo dejarte escucharla, prestarte un poco de fuego en esta noche tan fría.

   Cómo mejorar un día de suerte inconmensurable… esperaré a que esta hora que aún me queda, todavía me sorprenda, regalándome armonía en este tiempo de descuento, que recibo con sosiego mientras aguardo calmada la visita de un mañana, del que, si bien no espero que sea reincidente, confío en que mi fortuna continúe, regalándole al nuevo día un aire algo diferente.

   Y aunque aún me quedaría tiempo para extenderme un buen rato, y relatar una a una las cosas buenas del día, creo que alargar el tema no aportaría nada al mundo, y, siendo tan personal mi observación subjetiva y mis recuerdos, profundos; mejor los guardo conmigo a buen recaudo en mi mente, que cuando una palabra escapa, ya nadie te la devuelve; y los sueños, si se cuentan, no se cumplen fácilmente.

     Empiezas con un día gris oscuro, casi negro; hoy, tú, la dama de blanco bebes gota a gota del agua que cae desde las nubes. Pero sólo es el principio pues, sin esperarlo, tus respuestas se ríen de sus preguntas y mientes, sonriendo, a la cámara que intenta desnudarte por dentro. Se tornan absurdas todas las veces que has ignorado lo que ocurría en tu destino, pues ahora te golpea a bofetada abierta haciéndote rendir a la evidencia. Con un ciclón en tu cabeza intentas trabajar mientras las lagunas conversacionales te hacen sentir artificial y falsa y, recuerdas, que cuando no eres capaz de escuchar has de asentir con estilo distraído y con frecuencia. Te escapas a la vida, entre las calles mojadas. Las voces de tu cabeza gritan, hoy no hay forma de callarlas; y una vez, y otra vez, y una vez más aumentas el volumen de la música hasta que te aíslas de ti para no ver ni escuchar nada. Tomas asiento bajo el cielo encapotado, llega tarde tu arcoíris, bien acompañado. Y sonríes, en serio, sonríes, de verdad y un poco de mentira, y a ratos estás y no estás, y escuchas, y contestas, y quieres estar y quieres irte, y quieres estallar y te contienes, y no cabes, no. Te asfixias, y te despides, y echas a andar decidida, y llegas y firmas y te marchas, y te doblegas ante las casualidades de la vida; que tal vez te advierten, inconscientes e instintivas que en el mundo en que vivimos no todos los caminos son fáciles y que hay rutas sin salida.

     Vuelves a hundirte en las prisas, dejándote arrastrar entre las horas y decides poner fin antes de terminar para no volverte del todo loca. Te marchas con tu pequeño oasis revolucionario, que siempre te hace olvidar, y reír, y sonreír y acertar. Te encuentras con el hada que siempre te escucha, y sus preguntas te erizan la piel poniéndote alerta para tu propia lucha, y consigue que, escupas irreflexiva cada una de tus dudas,; cómplice te acompaña, y leal te da la mano, siempre comprendiendo cada excentricidad y locura.

     Te encierras en la pantalla, sin querer escribir nada. Pero alguien te pregunta, y aunque al principio recelas, tú también te lo preguntas. Por qué evitar ser quien eres cuando sabes que frente al teclado te aclaras y se despejan tus dudas. Y es entonces, entre el silencio de la noche cuando te das cuenta de que todas tus paranoias de hoy han sido una pérdida de tiempo absurda. Porque… ¿Por qué no soñar mientras se pueda? ¿Por qué no pensar que hay un mañana? ¿Para qué permitir que la ilusión naufrague y se hunda?

Si escribo de día en tu espalda, las palabras que en lo más profundo de la noche al caer desaparecieron, comprenderás lo que te quiero decir pero no puedo.

Si me pierdo entre tu boca, buscando el rumbo de Marte entre estas líneas vacías, una explosión estelar alterará para siempre tu vida y la mía.

Si hoy abandono mis sueños, los que desde hace años me acompañan, quizá despierte en una piel diferente, que ni siente, ni te extraña.

Avanzando lentamente, por las calles aún vacías, observo allí muy a lo lejos el eco de un espejismo que me atrae; que me rescata; me oculta el sol y el abismo. Y me acerco, y sí, me quemo, y me caigo sin remedio, y el vértigo me acompaña vestido de espanto y miedo. ¿Dónde duermen hoy las musas, que en mi cabeza susurraban y que ahora no las encuentro? ¿Dónde vive la hechicera que un día nació conmigo y que en los últimos años se disolvió en mil cenizas de tanto mirar al fuego?

Retrocedo, voy, no puedo. Adelanto, estoy, regreso. Ven, cógeme de la mano y arrástrame hasta mi infierno. Abro, juego, pierdo, cierro. Dime dónde está el camino, dime, ¿lo busco, o me pierdo?

Trazarás constelaciones en mi piel,

con las líneas que acariciaste una vez.

Contarás miles de estrellas sobre mi

si la noche hoy nos vuelve a sorprender.

Dejaré de soñarte,

te convertiré en mi realidad,

esta vez, no lo podremos evitar.

 

Sentirás un huracán dentro de ti,

recordando las caricias que te di.

Beberás de mi mirada una vez más

y esta noche no daremos marcha atrás.

Volveré a encontrarte,

gritaré contra el amanecer,

y tal vez, volveremos a caer.

 

Y te irás, porque es tarde, mi amor.

Déjame, sólo decirte adiós.

Con los besos que me diste y te di yo.

 

Volveré a buscarte en aquel bar, dime pronto si vendrás, que yo te espero.

Soñaré que eres libre y que saldrás, de tu esfera de cristal, de tu jaula de metal…

Y estarás siempre a mi lado al despertar… al despertar.

Vivo por y entre mis notas, las de mis cuadernos desgastados, las de la música que siempre va conmigo. Respiro el viento que a su ritmo me acompaña, susurrándome al oído la dulce melodía de esta obra de teatro a medio ensayar que es mi vida. Ahora ves, pero no miras. Tú no existes, tú me inventas: me iluminas. Tú, ignorante en tu día a día, asomas en mis silencios, en mi conciencia… en mi ruina.

Vivo de anhelos y sueños, los que nacen de mis sábanas blancas y los que me acompañan siempre que estoy despierta. Inspiro el aire que a su compás me ahoga, gritándole a mi cabeza con la brutal armonía de este libro inacabado cuyas páginas en blanco por momentos desafinan. No es más que melancolía, por las cosas no vividas. Deshojada en tu memoria, me cuelo entre tus sonidos, en tu cabeza, en tu inesperada sorpresa de naturaleza alcohólica e incomprendida.

Vivo, ¡si! porque no vivo. Grito, escucho, escribo, invento. No hay canción inacabada, no hay escrito sin sentido. Cada palabra que escapa es porque la sientes dentro. Duermo, ¿o no? ¿por qué no duermo? si sólo cerrar los ojos me traslada a mis ensueños, y vivir una quimera, de noche, en la madrugada, rompe a la desesperada las cadenas que, cerradas, detienen aquí bien dentro cada línea de este texto; sin metas, tan imperfecto, como el insomnio que hoy tengo, y que pronto dará paso a este montón de pretextos que olvidaré en cuanto duerma; que volverán si despierto.

¿Y si el mundo se acaba y me encuentra estudiando, con la cabeza escondida entre los libros? ¿Y si el tiempo se termina, y en vez de jugar al sol quise ver un arco iris y, cuando lo vi: llovía?

¿Cómo ignorar la distancia que hay de tu boca a la mía?

Déjame dormir solo un instante, para completar el sueño que duerme junto a mi almohada; que comenzó al conocerte y que nunca acaba. Déjame soñar con nuestras bocas, que a susurros comparten el aliento, sin el valiente atrevimiento de avanzar hasta chocarse. Sueño despierta, dormida, con encontrar la salida que despoje de congojas el alma y el pensamiento.

Déjame mirar tus labios, y acercarlos a los míos; que la gravedad olvide que nunca podré sentirlos.

Acércate lentamente, que este corazón latente se desboque y se despierte.

Mira, toca, roza, besa; que nuestras almas se fundan al compás de la certeza de saber que no es posible evitar lo inevitable, o ignorar estas señales que me acercan locamente a tus besos indecentes que prohibidos me esperaban y, junto al dolor consciente, del error, ser consecuente. Y sentir, lengua con lengua, suspiro contra suspiro, intercambios de pasiones que en mi sueño se perdieron. Y, al alba, junto a mi despiertos, se acurrucan los recuerdos de aquel beso que no ocurrió mas que en sueños.

¿Y si el mundo se acaba y me encuentra estudiando, con la cabeza escondida entre los libros? ¿Y si el tiempo se termina y me perdí todos los besos que tú y yo nunca nos dimos?

Es cuando la luz se marcha, cuando vienen los fantasmas a buscarme; aquellos que sigilosos dormían y que ahora asoman tan sólo para atormentarme. Es cuando la luz se apaga, cuando más pesa mi agonía; la que me enseña con imágenes cada vez más nítidas que llega una oscura noche, detrás de este largo día.

Vacío, por favor, desaparece… que no sé si quiero perderme, o perderte.

Invierno, por favor, vete… que asomas entre mis lágrimas y no sé si quiero verte.

Es cuando el silencio acecha, cuando la verdad llama a mi puerta; aquella que se escondía bajo mi más pura condescendencia. Es cuando el silencio llega, cuando más claras se escuchan las voces de mi conciencia, que ignoran que con cada letra van dictando su sentencia.

Corazón, apágate… que mientras nubles mi mente no sé si quiero querer.

Memoria, por favor, olvida… que los recuerdos nunca impidan romper con la congoja que me atrapa, que me ahoga, que me asfixia, que me amarga, que me desconsuela y que me impide la vida.

Es cuando la luz se apaga, cuando se queman los puentes. Es cuando llegan los miedos; cuando mis sueños… se duermen.

Qué tiene esta ciudad en la que estoy perdida, en la que el tiempo con prisa me abandona. Los minutos corren, las horas vuelan y hasta la inspiración escapa veloz de mi memoria dejando a su paso una página en blanco que se me rebela.

Qué falta en esta ciudad llena de sueños, si cuando estaba lejos tanto te pensaba. La Tierra sigue girando, se va el sol, la luna asoma y mi vívida imaginación retrocede a pasos agigantados recordándome que fantasear es de idiotas.

Respiraré bien profundo, con los pies en la tierra, que proyectar los anhelos alimenta las frustraciones, dejando a su paso un reguero de tímidas desilusiones.

Gritaré en silencio, con todas mis fuerzas, acallando aquellas voces que, con absurda intermitencia, a ratos sonríen, ¡me animan! y a ratos me desalientan. Que soñando vivo vidas que ni existen, ni sienten, ni, en definitiva, cuentan.

Pensó de madrugada en las cosas que con el tiempo se perdieron, y recordó las cartas que ella misma recibía y contestaba con la impaciencia de quien no es capaz de saborear la espera con esa calma necesaria para alargar la dulce sensación de emoción que te embarga sólo de pensar en cada palabra que compartirás más tarde. Rebuscó entre los papeles de su memoria, escribiendo en el viento con tinta invisible un párrafo inolvidable de una misiva que jamás recibió nadie.

“Es en algunos momentos de ausencia cuando más echo de menos la falta de tus palabras y tu forma de ignorarme. Es cuando mi ventana no muestra más que una noche cerrada cuando más añoro tus silencios y tu indiferencia.

Cómo no me dejas ir, si no me apresas; si las cuerdas que me atan a ti las anudé yo misma. Cómo no levanto el vuelo si nunca jamás acariciaste mis alas. Cómo es posible que cada vez que determino empezar a odiarte aparezcas a mi lado y una sonrisa borre de un plumazo todos mis esfuerzos por no recordarte…

No me escribas, no me importa. Escríbeme, yo te espero. No escribas, no, que una carta me atará aún más a ti y eso no quiero. Escribe, que necesito un poco de tu aire, o muero.”

Y borrando la pizarra de las horas de insomnio, se durmió pensando que su carta se enviaba en un sobre de ilusiones, y que él, pues, la leía, y lloró por la certeza de creer que jamás le ofrecería respuesta alguna.

Desperté temprano, echándote en falta; en uno de esos días en los que el viento me llama a través de las persianas cerradas susurrando que el día asoma tímido por la ventana y que viene cargado del invierno que tanto nos gusta.

Esperé tu llegada, como quien espera la mañana de Reyes, con la ilusión de perderme entre tus brazos y sentirme en casa.

Todos me dicen que el enamoramiento se pasa, que el amor se acaba; pero yo, tras casi media vida no conozco todavía la desidia, y te sigo queriendo, no como siempre, ni más ni menos: diferente.

Te quiero porque quiero quererte, desde la independencia, desde la madurez que me ha aportado la vida. No quiero un amor necesitado, ni indivisible. Quiero seguir formando parte de un sueño que voluntariamente se lanza a la locura. No quiero hacerte falta, ser necesaria. No quiero frases absurdas, las que escupen los poetas diciendo que sin ti la vida no tiene sentido, pues busco que aún con una vida plena decidas que es tan grata mi compañía que quieres caminar a mi lado el resto de tus días. Quiero quererte, no por imposiciones románticas ni por el pulso de un corazón que me obligue a sentirme sometida al influjo de tu sombra; quiero perderme en el bosque para ver asomar el sol entre los árboles y disfrutarlo aunque no estés conmigo, y volver a casa deseando contarte este amanecer tal y como  ha sido.

Quiero que entre los dos, sumemos tres vidas; la nuestra, la tuya, la mía. Quiero tener amigos propios, experiencias únicas que contarte, guardar un rincón en mi mente que no conozca nadie. Nadar en la certeza,  saber que podemos  flirtear con desconocidos sin perder nuestra confianza, tener tu boca a un suspiro de distancia y no poder evitar besarla.

Quiero un amor libre, que las ataduras con el tiempo siempre rozan. Un amor que no apriete, porque al final ahoga. Un amor loco, intenso, como es el nuestro; lleno de carcajadas, de pasión, de desacuerdos. Te quiero a mi lado, voluntario, sincero; en esta vida edificada a base de presentes y de vivencias y de incoherencias y de recuerdos.