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Category Archives: Sin Pensarlo Demasiado

Somos imperfectos. Con aristas punzantes y con las muescas que nos ha ido regalando el día a día. Con cada señal que dejaron en nosotros, cada momento que nos marcó, bueno o malo y el desgaste de tanto uso. Nuestra profundidad no es ya uniforme; una línea discontinua que se reconstruye a su manera, permitiéndonos así intentar avanzar por ella.

Somos desiguales. Con cada idea desacompasada y propia, cada manía y cada forma de ver la vida. Con amigos rotos, pedazos reconstruidos de vidas ya añejas.  Formas alborotadas, pasados dispares y sueños que cuando se encontraron eran ya cuentos de almas independientes que, agujereadas por el paso de la historia adquirieron estructuras dispares y diferentes.

Pero estas, nuestras escotaduras cortantes y desgastadas de perfil único y completamente exclusivo; nos han convertido en un todo extraordinario, pues si bien por separado éramos entes enteros e inexactos, la conjunción de nuestros irregulares corazones nos encaja pieza a pieza, como el puzzle que esconde una obra de arte, la maquinaria de un reloj que nunca atrasa, la exactitud con la que una cremallera se cierra; uniendo para siempre a estos dos trozos de tela que, aún con los jirones que nos dio la vida; al unirnos dos en uno,  no podríamos ser más completos, más felices, ni más perfectos. Y así es como ahora me siento.

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A veces echo de menos a mi yo despreocupada, la que convertía en arte su pasión por no hacer nada. La que por exceso era sincera, y se dormía a las 11 de la noche hasta el día siguiente, a pierna suelta. Echo de menos a mi yo activa y a la perezosa, que dudaba entre hacer deporte o echar una siesta de dos horas. 

¿Volverá mi yo optimista, la que caminaba sobre baldosas amarillas, la que siempre encontraba la mejor salida, la que sin importar qué, siempre esbozaba una sonrisa? ¿Volveré algún día a encontrarme con la chica que escuchaba una canción tras otra, que leía en cuanto tenía un minuto, que jamás miraba hacia atrás y que se quería comer el mundo?

Echo de menos a mi yo tranquila y confiada, que pedía pizza los jueves sin preocuparse de la báscula. La que vivía el año entero preparando un mes de planes, y pasaba los sábados en la carretera, de viaje en viaje. A veces echo de menos a mi yo domesticada… pero me volví salvaje, y es mejor no añorar nada.

Si el reloj no da las horas suficientes y los minutos no siguen el compás al unísono. Si el tiempo es tan relativo que crees que poco es suficiente pero al final nos falta. Si los números no cuadran, las letras ya no importan, y la música se desvanece sin ser ya escuchada; qué será de nosotros, que aparentamos ser lo que no fuimos, que de sueños los creamos y por desinterés morimos.

Si los días ya se acortan, las noches no se comparten, las promesas no se recuerdan. Si hemos convertido los imposibles en silencios y no te has dado ni cuenta. Si ya no soy prioritaria, si ya no espero despierta, si ya sé que la marea se tragó nuestros tesoros, nuestras ambiciones y mi isla desierta. Qué será del mañana, que intenté crear de una quimera, que llegaba con paso firme, y pierde fuerza… desvanecido en la noche, desdibujado en la niebla.

Hay días en los que todavía recuerdo a esa gran desconocida, aquella chica que durante los meses de verano siempre tiene frío. La que sueña despierta por la noche, y sólo piensa en dormir durante el día; la que grita en silencio, la que no soporta el volumen demasiado alto pero llena su cabeza de música a todas horas. La chica que odia la televisión y un día de repente se enganchó a todo lo que creyó que jamás vería. La que habla mucho con ella misma y prefiere escuchar cuando no está sola. La que saltaba en los charcos, sin pensar en cómo quitar después las manchas de barro. La que para no estallar da mil vueltas en su cabeza a las cosas que la llenan de intranquilidad y se calma. La chica que creía en la eternidad,  pensando que las cosas que bien empiezan jamás terminan.

Hay días en los que hablo con esa chica que odia las mentiras pero a veces se autoengaña, la que espera desesperada, la que cuando busca nunca encuentra y la que cada dos por tres pierde los imperdibles de cuatro en cuatro. La que camina rápido pero corre muy lento; la que pega saltos de ilusión por cualquier cosa que le emociona pero siempre mantiene los pies en la tierra. La chica más responsable del mundo, y la que rinde mejor bajo la presión del último minuto. La que valora cada segundo, e invertiría en no hacer nada horas y horas si las tuviera. La chica que se gusta sólo en los días impares y que vive una relación de amor y odio con su espejo. La chica más perfeccionista, magistralmente imperfecta, completamente incompleta, confesa concupiscente con moral de doble cara, intachable y deshonesta.

Hay días en los que me gustaría conocerla totalmente; mi incondicional enemiga, mi aliada y mi leal compañera de vida.  La que si cae se levanta, una gran superviviente. La chica que intentó detener el tiempo a la vez que observaba volar las primaveras y así cumplió ayer los treinta y siete, en su cuerpo de mujer y en su corazón de veinte.

Todo el vestuario se me queda corto, nada se estira lo suficiente para cubrir mi alma, mi corazón y mi mente en la forma necesaria, la que intenta conformarse con un mucho y cuando se queja siempre hay algo que la amordaza y la acalla.

Por qué todo el mundo tiene miedo de mirar la oscuridad de frente, de afrontar las verdades como vienen; de descifrar los enigmas que cierran las puertas del subconsciente. Por qué tapar lo que será si dejándolo crecer dolerá más.

Ya viví de fantasías, obvié las distancias, las fisuras, los problemas. Ya separé mis latidos en fila de a uno, para no llegar a escuchar el eco de sus voces que me pedía escapar descalza y sin abrigo, en pleno invierno.

Pero el corazón y la razón viven de las luchas diarias, en conflicto permanente, asegurando que no elijas de forma inteligente, sino que te dejes llevar por el influjo de un sentido que siempre crees que será suficiente. Y que cuando no lo sea te susurrará un “te lo advertí”, que llegará tarde, como siempre, de la forma más dura y más vehemente.

Quién necesita realidad cuando puede vivir en el mundo de la ilusión y los sueños, en el que la verdad no existe y nunca importa. Un mundo en el que los absurdos comediantes recortan las piezas para que encaje el puzzle formando un cuadro abstracto sin sentido.

Quién necesita vivir en suelo firme, cuando se puede volar tan solo con la memoria. Cuando se puede viajar a mundos que se construirán con los cimientos de la imaginación que al poner en voz convertimos en palabras, dándole forma inconexa, incoherente e inexacta.

Quién necesita la manifiesta evidencia, cuando podemos fantasear con lo intangible. Creer que quizá el mañana existe. Pensar que todo es posible y que no importan las fronteras. Que los miedos desaparecerán solo por pedirlo, y que la historia fue cosa del pasado y ya no importa.

Pero todo cuenta, todo suma, todo implica, todo afecta.

Quién necesita evidencias, poder tocar la certeza, actuar con convicción… ¿Quién lo necesita?

Yo.

Y vives en medio del atronador sonido de una música incesante que machaca tus oídos sin parar día tras día y anula tus pensamientos sin dejarte ni un solo segundo de silencio, ni un compás desatendido, ni un solo respiro, y cuando estás al borde del colapso, chillando a voz en grito sin poder ser escuchada, la orquesta se para. Y cesan las notas. Y se encienden las luces. Y solo ves una habitación medio vacía en la que tan solo queda el eco del silencio, la desesperación más dulce y un tocadiscos que no gira.

Es entonces cuando los oxidados mecanismos de tu mente se ponen en marcha, engranando una idea con otra, y te asombras de la claridad con la que puedes escucharte sin siquiera abrir la boca.

Pues tocar la locura en la que viviste, rodear con tus dedos sus líneas bien definidas, llorar por el tiempo absurdo que viviste sorda y ciega sin percatarte de que tu música no solo minaba tu consciencia, sino que a todos los que se acercaban a ti les anulaba, sin que pudieran darse cuenta que en verdad les molestaba. No sé cómo pudiste convencerles de tararear la melodía, si estaba inacabada y desafiaba las leyes de la métrica a la vez que desafinaba.

Y por fin, desde el vacío, tarde pero firme resurge tu capacidad perdida de razonar, de calcular, de valorar, devolviéndote un poco de cordura y un mucho de realidad. Y llega tras la tormenta, la calma, la certeza, la desolación y la tristeza, en forma de libertad.

Por las noches me pierdo en mis reflexiones, en la noria de ilusiones perdidas y sentimientos. En la montaña rusa del fracaso. En el laberinto de decepciones personales, en los espejos que deforman mi futuro y mi presente.

Ay! Si tuviera un botón para apagar las emociones. Y si pudiera solo con cerrar los ojos hacer a todos felices. Si pudiera decir adiós a la nostalgia, a la agonía, a los miedos, a las pesadillas. Si pudiera vivir feliz de nuevo, respirar por completo. Si el corazón no latiera a contratiempo. Y si pudiera dormir durante meses, atada a una cama, aunque fuera atiborrada de pastillas.

Si tuviera capacidad para ver el mañana, y ver que todos sonreímos. Si tuviera valor para cambiar la historia y para pensar que no todos los finales son tristes. Si pudiera ayudar a todo el mundo, y comprar la felicidad que con los años se ha perdido. Si quisiera dejar de soñar despierta, conformarme con solo una vida, emprender un viaje y llegar a mi destino, y bajar del coche cuando la playa comienza, ante la inmensidad del mar que me susurra al oído que ya no soy. Que ya no duele. Que ya me he ido. Que ya no estoy.

Queridos Reyes Magos, necesito vuestra magia.

Este año quiero sonrisas, las suficientes para iluminar el mundo. Quiero tiempo, quiero vida. Quiero ser libre para ser yo misma, rodeada de luz y de alegría. Quiero besos, y abrazos, de los que se dan de corazón y con el alma, de esos que empiezan con un te quiero y que nunca terminan. Pido valentía, para afrontar con paso fuerte cada día. Pido salud, para poder disfrutar de Daniel y de toda mi familia. Quiero esperanza, y coraje, y tesón, y fortaleza, y quiero un hechizo especial que haga desaparecer mi inseguridad y mi cobardía. Quiero personas leales a mi lado, mis amigos de siempre, los que sé que se verdad me quieren, los que son para toda la vida. Pido que se pare el reloj durante los días de fiesta, y ya que me pongo a pedir, pido más horas de noche y más de siesta. Quiero despertar feliz cada mañana, y dormir cuando cae el sol bien caliente y arropada. Quiero que os llevéis las nubes que de vez en cuando me acompañan. Quiero una vida, llena de vida. Quiero un corazón fuerte, inquebrantable. Quiero un millón de emociones nuevas cada día, y que yo misma me sorprenda con mi propia osadía. Quiero un espejo mágico, un cajón desastre. Quiero música, quiero libros, quiero paz, sol, agua y aire.

Queridos Reyes Magos, sé que pido demasiado… Pero sed buenos conmigo, concededme este regalo.

Ven a mi mundo, ven si te atreves. Al mundo del caos, del ruido y de las ruinas. Un mundo diferente, donde nada es lo que parece; donde la prisa es quien te da la bienvenida, donde las cosas por hacer se amontonan en los rincones reduciendo tu espacio vital al mínimo. Vente conmigo, al lugar donde la culpa nada a sus anchas, invadiendo cada sonrisa, cada abrazo, cada lágrima, cada suspiro.

Ven a mi mundo, ciudad desmoronada, donde el terror reina ya sobre las cenizas que campan libremente cubriendo de sinsabores cada superficie. Ven, si te has ido, ven, o no vuelvas. Busca sabiamente una salida, una puerta a la libertad que aquí se halla extinguida y condenada, entre las cajas que ahora cobijan los restos del naufragio, entre las olas del mar que desde el infinito nos inunda y cuyo rumor nunca termina.

Abre la ventana; deja entrar el miedo, que ocupe libremente cada esquina de mi mente; sustituyendo el vacío por un vértigo innombrable, por un sentir que ya es tarde, por una vida perdida, por una esperanza gris, por un hoy puedo con todo, créetelo aunque sea mentira, pues en el planeta en el que mi mundo gira, los imposibles pelean incansables con las certezas, bailando en espirales medio deshechas.

Ven a mi mundo, ven, sé valiente. Adéntrate en la anarquía y la locura. Pregúntate cómo me mantengo entre hilos invisibles y entre ideas perdidas, haciendo malabares con los restos de cordura que aún me queda, escondida, agazapada, al fondo de un baúl, tras una caja, llena de fuegos, de colores, de ilusiones, de premuras, de agobios, de desórdenes, de figuras inconexas, de sumas y restas, de diarios, de secretos, de ideales y de letras.

Ven a mi mundo, ven si te atreves. El mundo que te atrapa, el que odias, el que quieres. Pues una vez entras en mi incoherencia, ya no regresas; quedas en ella hechizado y ya quizás nunca vuelvas.