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Somos imperfectos. Con aristas punzantes y con las muescas que nos ha ido regalando el día a día. Con cada señal que dejaron en nosotros, cada momento que nos marcó, bueno o malo y el desgaste de tanto uso. Nuestra profundidad no es ya uniforme; una línea discontinua que se reconstruye a su manera, permitiéndonos así intentar avanzar por ella.

Somos desiguales. Con cada idea desacompasada y propia, cada manía y cada forma de ver la vida. Con amigos rotos, pedazos reconstruidos de vidas ya añejas.  Formas alborotadas, pasados dispares y sueños que cuando se encontraron eran ya cuentos de almas independientes que, agujereadas por el paso de la historia adquirieron estructuras dispares y diferentes.

Pero estas, nuestras escotaduras cortantes y desgastadas de perfil único y completamente exclusivo; nos han convertido en un todo extraordinario, pues si bien por separado éramos entes enteros e inexactos, la conjunción de nuestros irregulares corazones nos encaja pieza a pieza, como el puzzle que esconde una obra de arte, la maquinaria de un reloj que nunca atrasa, la exactitud con la que una cremallera se cierra; uniendo para siempre a estos dos trozos de tela que, aún con los jirones que nos dio la vida; al unirnos dos en uno,  no podríamos ser más completos, más felices, ni más perfectos. Y así es como ahora me siento.

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