Salte la navegación

Todo el vestuario se me queda corto, nada se estira lo suficiente para cubrir mi alma, mi corazón y mi mente en la forma necesaria, la que intenta conformarse con un mucho y cuando se queja siempre hay algo que la amordaza y la acalla.

Por qué todo el mundo tiene miedo de mirar la oscuridad de frente, de afrontar las verdades como vienen; de descifrar los enigmas que cierran las puertas del subconsciente. Por qué tapar lo que será si dejándolo crecer dolerá más.

Ya viví de fantasías, obvié las distancias, las fisuras, los problemas. Ya separé mis latidos en fila de a uno, para no llegar a escuchar el eco de sus voces que me pedía escapar descalza y sin abrigo, en pleno invierno.

Pero el corazón y la razón viven de las luchas diarias, en conflicto permanente, asegurando que no elijas de forma inteligente, sino que te dejes llevar por el influjo de un sentido que siempre crees que será suficiente. Y que cuando no lo sea te susurrará un “te lo advertí”, que llegará tarde, como siempre, de la forma más dura y más vehemente.

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