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Y vives en medio del atronador sonido de una música incesante que machaca tus oídos sin parar día tras día y anula tus pensamientos sin dejarte ni un solo segundo de silencio, ni un compás desatendido, ni un solo respiro, y cuando estás al borde del colapso, chillando a voz en grito sin poder ser escuchada, la orquesta se para. Y cesan las notas. Y se encienden las luces. Y solo ves una habitación medio vacía en la que tan solo queda el eco del silencio, la desesperación más dulce y un tocadiscos que no gira.

Es entonces cuando los oxidados mecanismos de tu mente se ponen en marcha, engranando una idea con otra, y te asombras de la claridad con la que puedes escucharte sin siquiera abrir la boca.

Pues tocar la locura en la que viviste, rodear con tus dedos sus líneas bien definidas, llorar por el tiempo absurdo que viviste sorda y ciega sin percatarte de que tu música no solo minaba tu consciencia, sino que a todos los que se acercaban a ti les anulaba, sin que pudieran darse cuenta que en verdad les molestaba. No sé cómo pudiste convencerles de tararear la melodía, si estaba inacabada y desafiaba las leyes de la métrica a la vez que desafinaba.

Y por fin, desde el vacío, tarde pero firme resurge tu capacidad perdida de razonar, de calcular, de valorar, devolviéndote un poco de cordura y un mucho de realidad. Y llega tras la tormenta, la calma, la certeza, la desolación y la tristeza, en forma de libertad.

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