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Monthly Archives: marzo 2018

Todo el vestuario se me queda corto, nada se estira lo suficiente para cubrir mi alma, mi corazón y mi mente en la forma necesaria, la que intenta conformarse con un mucho y cuando se queja siempre hay algo que la amordaza y la acalla.

Por qué todo el mundo tiene miedo de mirar la oscuridad de frente, de afrontar las verdades como vienen; de descifrar los enigmas que cierran las puertas del subconsciente. Por qué tapar lo que será si dejándolo crecer dolerá más.

Ya viví de fantasías, obvié las distancias, las fisuras, los problemas. Ya separé mis latidos en fila de a uno, para no llegar a escuchar el eco de sus voces que me pedía escapar descalza y sin abrigo, en pleno invierno.

Pero el corazón y la razón viven de las luchas diarias, en conflicto permanente, asegurando que no elijas de forma inteligente, sino que te dejes llevar por el influjo de un sentido que siempre crees que será suficiente. Y que cuando no lo sea te susurrará un “te lo advertí”, que llegará tarde, como siempre, de la forma más dura y más vehemente.

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Quién necesita realidad cuando puede vivir en el mundo de la ilusión y los sueños, en el que la verdad no existe y nunca importa. Un mundo en el que los absurdos comediantes recortan las piezas para que encaje el puzzle formando un cuadro abstracto sin sentido.

Quién necesita vivir en suelo firme, cuando se puede volar tan solo con la memoria. Cuando se puede viajar a mundos que se construirán con los cimientos de la imaginación que al poner en voz convertimos en palabras, dándole forma inconexa, incoherente e inexacta.

Quién necesita la manifiesta evidencia, cuando podemos fantasear con lo intangible. Creer que quizá el mañana existe. Pensar que todo es posible y que no importan las fronteras. Que los miedos desaparecerán solo por pedirlo, y que la historia fue cosa del pasado y ya no importa.

Pero todo cuenta, todo suma, todo implica, todo afecta.

Quién necesita evidencias, poder tocar la certeza, actuar con convicción… ¿Quién lo necesita?

Yo.

Y vives en medio del atronador sonido de una música incesante que machaca tus oídos sin parar día tras día y anula tus pensamientos sin dejarte ni un solo segundo de silencio, ni un compás desatendido, ni un solo respiro, y cuando estás al borde del colapso, chillando a voz en grito sin poder ser escuchada, la orquesta se para. Y cesan las notas. Y se encienden las luces. Y solo ves una habitación medio vacía en la que tan solo queda el eco del silencio, la desesperación más dulce y un tocadiscos que no gira.

Es entonces cuando los oxidados mecanismos de tu mente se ponen en marcha, engranando una idea con otra, y te asombras de la claridad con la que puedes escucharte sin siquiera abrir la boca.

Pues tocar la locura en la que viviste, rodear con tus dedos sus líneas bien definidas, llorar por el tiempo absurdo que viviste sorda y ciega sin percatarte de que tu música no solo minaba tu consciencia, sino que a todos los que se acercaban a ti les anulaba, sin que pudieran darse cuenta que en verdad les molestaba. No sé cómo pudiste convencerles de tararear la melodía, si estaba inacabada y desafiaba las leyes de la métrica a la vez que desafinaba.

Y por fin, desde el vacío, tarde pero firme resurge tu capacidad perdida de razonar, de calcular, de valorar, devolviéndote un poco de cordura y un mucho de realidad. Y llega tras la tormenta, la calma, la certeza, la desolación y la tristeza, en forma de libertad.