Skip navigation

Monthly Archives: agosto 2017

Hoy respiro a través del aire que te sobra: tú, mi patria, mi frontera, todos mis sueños, mi sombra. Me falta el aire y me ahoga esta sensación de asfixia que no me abandona.

Ven, vida, y hazme el boca a boca; que tu aliento se convierta en mío, devuélveme el corazón, la razón, la inspiración y el sentido.

Ven conmigo, al abrigo de esta loca, que perdió la cordura al despertar una mañana, al encontrar frente al espejo una reacción que no esperaba.

Ven y abrázame bien fuerte; que se me escapa la vida que soñé contigo, que eres mi paz, tú, mi guerra; mi presente y mi destino.

Hoy inspiro el aire que a ambos nos falta, y te busco entre los renglones de mis letras. Tú mi prosa, mi poesía, mi lírica, mi poema… Mi vida entera.

Anuncios

Él llegó una noche desde el planeta verde, donde no brilla el sol. Donde la luna no fue; donde ella nunca existió, por muchas vueltas que él diera, nunca jamás la encontró.

Ella, desde un asteroide rojo vino a aterrizar. Puro fuego, vida, luz, luchando cada minuto con su propia oscuridad, creyendo en la magia, en el destino, en el azar.

Él, tan osado, tan decidido, valiente. Ella, alérgica a la gente. Él, nocturno y sonriente. Ella: luz, melancolía. Él; nómada sin equipaje. Ella, atrapada en esta tierra, por su espíritu salvaje.

De planetas tan distintos ellos cayeron, y un buen día, por casualidad se encontraron. Sin mediar palabra alguna, ella y él se enamoraron. Y vivieron noche y día, entre sueños; tan felices, que nunca importó que llegasen de mundos tan alejados, pues mirándose a los ojos se entendían perfectamente, rojo, verde, blanco y negro, dando gracias a su suerte.

Pero los sueños, son sueños, y no siempre están cuando despiertas. Cuando miras el futuro y ves diferentes metas. Él se levanta, cuando ella se acuesta. Horarios acompasados siempre: pero a la inversa. Ella, tan de dar vueltas a la cabeza. Él, tan de vivir al día, ella un puzzle, él una pieza.

Y aún en mundos tan dispares ambos se reconocieron. Nada más chocar, a los minutos de encontrarse, lo supieron. Y aunque a veces, todo basta, y el amor es suficiente, otras veces, nada vale, por mucho que ambos lo intenten.

Todavía ellos se encuentran, por magnetismo inconsciente, deseando vivir juntos, lado a lado, frente a frente. Luchando con las mareas, nadando a contracorriente; soñando con un futuro feliz, completo, vivo, ardiente.

Todavía ellos se buscan, y se adoran, y se admiran, se completan mutuamente. Hablado un desconocido idioma que solamente ellos comprenden. Todavía van buscando la manera de quererse; sin secretos, sin mentiras, de una forma sorprendente… aún sabiendo que vinieron de planetas diferentes.

Me tumbo sobre el calor abrasador de esta playa. El cielo es mi mundo, el sol quien me arropa, la arena: mi cama. Y a mi alrededor un interminable bosque de sillas y sombrillas, con un pequeño sendero que me aleja de la orilla.

Desde este fuerte veo las sonrisas sinceras de los niños. Las miradas eternas de los enamorados. Los besos que no se les acaban. Las parejas jugando a la pelota o a las palas. Las familias paseando en barca. Y cierro los ojos, desactivo el WhatsApp y subo el volumen de la música, para dejar de pensar.

Añoro mi irrealidad, navegando a la deriva, perdiéndome en una isla, buscando el silencio, la paz, la soledad. Y me encuentro de vuelta, rebozada de arena, salpicada de agua, con boca de payaso dibujada a todas horas y tragando las ganas de escapar.

Estoy en blanco, vacía, sin ideas, sin sueños, sin metas, sin planes, sin futuro, sin vida, sin ganas de vida. Estoy que no estoy. Estoy que no me lo creo. Estoy bajo la atenta mirada de una cámara fija que no me deja respirar. Me siento enjaulada, observada, encarcelada, bajo la monitorización constante del teléfono, un show de Truman, un gran hermano, una vida completamente organizada sin un solo segundo para mi serenidad ni para la improvisación.

Necesito volar lejos, donde los sonidos no existen. Saltar desde lo más alto, donde nadie me mire. Gritar hasta dejarme la voz, cuando nadie me escuche. Llorar contra mi almohada durante una semana entera, donde nadie me vea. Cantar hasta que me duela la garganta, las canciones que en mi cabeza resuenan.

Mi calma llega entre los libros, mi ansiedad se disuelve entre mis letras. Y hasta eso, ahora, será analizado con lupa, cada frase, cada párrafo, cada punto, cada coma.
Mi calma llega entre los árboles, mi ansiedad se disuelve entre las hojas. Y ni siquiera me han quedado fuerzas de escaparme hasta el puente de los suspiros, a suspirar tranquilamente, a escuchar el sonido de los pájaros, a sentir el viento en mi frente, a soñar con una vida en la que  se puede convivir en libertad; en la que todo es diferente y, a la vez, todo es igual.