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Dicen que en la cima de una montaña no existen los problemas, que desconectas del mundo, dejas atrás todo lo que te atormenta. Pero mientras haya un hilo de cobertura continúas atado a tu vida, por mucho que las nubes te envuelvan y el sol te acaricie levemente; no eres capaz de dejar atrás lo que revolotea en tu mente, y vigilas el vuelo de los buitres para evitar mirar cara a cara al vértigo que trajiste desde casa y que te pierde.

Desde aquí arriba, a esta altura, ves con claridad cómo algo ha cambiado, y de repente te sientes más sola de lo que nunca has estado.

Hoy tenía que ser un día tranquilo, pues la noche fue muy larga y muy intenso mi delirio; pero evitando el reproche vine, yo soy mi propio enemigo. Y me alegro de perderme entre la niebla, de respirar libertad, de correr entre las sendas, pero no tenía hoy que haber venido; y me adelanto metro a metro buscando el silencio; quedando a solas conmigo; porque hoy, tan convaleciente, me sobran varios motivos.

Bajo de las nubes y pongo los pies en tierra. Sigo perdida sin rumbo y sigo sin comprender nada. Sigo sin saber encontrar las señales, mientras la veleta gira y gira dándome la razón que suponía: y es que en la falta de aliento, y en la falta de esperanzas, en falta de tus palabras y a falta de tus miradas; ya encuentro toda respuesta: es la señal que pedía… Y no la que quería.

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