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Estos días, en los que siento que el tiempo se me echa encima y que ya es tarde para cambiar las cartas, me convierto en alguien que no soy, y mi perenne optimismo se eclipsa por el agobio de querer abarcarlo todo con una sola mano, mientras con la otra saludo a la vida que me espera pausada entre libro y libro.

Estas noches, en las que el insomnio, sin invitación alguna, hace acto de presencia; y mi cabeza en lugar de estar -como siempre- en las nubes, está en Valencia, me refugio de memoria en mi puente bonito, el puente de los suspiros, el que nunca me falla, el que siempre está ahí cuando hace falta.

En estos momentos, venero a la ventaja de tener una imaginación tan extraordinaria, pues sólo con cerrar los ojos escucho el crujir de tu madera bajo mis pasos y te noto áspero en mis manos. Puerta de evasión que me atrae y que me calma. Mi habitación del grito; mi silencio contenido, el poema de una vida que todavía no he vivido. Mi promesas de futuro, mi sonrisa del presente, el epicentro de un mundo que como la gravedad me llama, y me busca, y me espera.

Adiós mi puente bonito, escondido entre la niebla. Te diré adiós el domingo… espérame hasta que vuelva.

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