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Se llama Raúl, y tiene once años; aunque este no es su único nombre. También se llama María, Javier, Cristina, Sara, Jorge, David, Valeria y cientos de nombres más. Tampoco tiene sólo una edad, pues a veces es tan sólo un niño de seis o siete, y otras se cree un adulto, pues ya ronda los dieciocho y está a punto de elegir universidad.

Raúl se levanta cada mañana cansado, sin fuerzas para afrontar el día. Muchas veces intenta ganar tiempo en la cama, y excusando un dolor de tripa o de cabeza pretende quedarse en casa. Alguna vez, si le dejan solo durante unos instantes, acerca el termómetro a la lámpara durante unos segundos, para que las décimas suban pero no de forma inadecuada o alarmante; aunque con los digitales esta tarea se le ha complicado bastante.

Cuando las artimañas no funcionan, Raúl se arrastra hasta el coche para que le lleven al colegio, donde su padre aparca en doble fila y le dice adiós desde la ventanilla. Raúl se acerca a la verja de entrada y observa, y espera. Y cuando por fin la fila avanza, mira hacia uno y otro lado entrando en clase el último, a la vez que el profesor.

Intenta estar atento en clase, porque estudiar no le disgusta. Pero también intenta no participar demasiado, para que no se note su presencia. Sabe que destacar, de cualquier modo no es bueno. Sabe que la última vez que sacó un diez, se ganó una colleja, unas burlas y unas gafas rotas, aunque sus padres piensan que las rompió jugando al fútbol. Lo que ignora Raúl, es que la mediocridad no te hace invisible ante quienes necesitan abusar, insultar y sentirse superiores con el único fin de acallar las voces de su baja autoestima; y que por más que se pregunta “¿por qué a mi?” nunca encontrará la respuesta, porque esa no es la pregunta adecuada. Raúl ha pensado mil veces en cómo escapar de esta rueda en la que se ha visto envuelto sin pedirlo; está cansado de vivir con miedo; de vivir con esta angustia diaria, de vivir… sí, incluso de vivir.

Raúl estalla una tarde en casa, y habla. Y sus padres, que nunca lo hubieran sospechado, piden cita con el profesor, y hablan. Y el profesor, que algo sabía pero que creía que eran cosas de niños, llama al director, al jefe de estudios y también hablan. Y la junta de educación hace acto de presencia, y continúan hablando. Pero nadie escucha.

Me gustaría contar que desde ese momento se arreglaron las cosas; que los padres de los abusones pusieron el grito en el cielo, que pidieron perdón a Raúl y a sus padres, que hicieron entender a sus hijos el daño que estaban causando y que todos continuaron conviviendo tan felices… Pero no.

Me gustaría contar que desde ese momento se arreglaron las cosas; que aunque los padres de los abusones defendieron a sus hijos justificando su comportamiento, Raúl se sintió protegido, a ellos les cambiaron de centro y él pudo volver al colegio con sus amigos de siempre, sin miedo, sin angustia, sin esa inquietud constante con la que vivía antes… Pero tampoco.

Raúl cambió de colegio. A medio curso y bastante lejos de su casa; el único en el que encontraron plazas libres. Le está costando adaptarse, pues no confía en nadie lo suficiente como para atreverse a ser él mismo. Ha aprendido, tan pronto, que la justicia no es justa, y que en muchas ocasiones no ganan los buenos. Lo que Raúl aún ignora es que la partida aún no termina, y que todavía queda espacio para muchas sonrisas en su vida.

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Este, no es un blog de noticias, ni de actualidad, ni de opinión. Pero hay veces, que no puedo cerrar los ojos a lo que REALMENTE está pasando hoy. Soy demasiado optimista… nunca pierdo la esperanza y de verdad espero que el nuevo teléfono habilitado para que los niños puedan denunciar el acoso escolar, no se quede en una anécdota que sólo sirva para calcular cómo aumenta el porcentaje de víctimas en los centros educativos, y ayude a adoptar las medidas necesarias para atajar el problema desde el minuto uno, y de raíz. Desgraciadamente, cuando un niño decide hablar, ya lleva demasiado tiempo sufriendo acoso, por lo que ninguna medida ha de demorarse ni un segundo más. 

Por un mundo sin miedo. Por una infancia feliz.

Esther. stopbullyingsign

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