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Estoy exhausta. El jueves pasado me creí invencible, y hoy veo que a veces lo que me gusta no es siempre lo que necesito para conseguir mis metas; lo que creo seguro no son más que sombras en la pared que se desvanecen al apagar la luz, y que por más que me repito el mantra de “yo soy capaz” no siempre lo soy.

Estoy agotada. Cada músculo de mi cuerpo busca una cama. Y lo que normalmente es motivo de carcajadas hoy sólo tiene ganas de esconderse entre las sábanas. Mi cerebro está fundido, mis ojos se humedecen, mis labios se secan, mi alma no se sostiene.

Y ¿qué sentido tiene?

El querer ser mejor, el sentir que nunca es suficiente, el soñar despierta, el fantasear con verte, si sólo soy una muñeca de trapo que por azares del destino quiere ser de hierro, y no lo consigue.

El sentirse fuerte, el despertar siempre alegre, el sonreír constantemente, el ir hacia ninguna parte, dime hoy, qué sentido tiene. Si en cada árbol que me invento me emociono. Si cada puente que cruzo es para volver. Si hoy estoy segura: en mi bosque arde en un incendio, en sus llamas me he perdido y no me puedo esconder.

Estoy cansada. De mi móvil. De los ruidos. De noviembre. De las letras que aún no he escrito; de todos los libros que aún no leí.  Cansada de la gente.  De Zaragoza. Del lunes. Del viento… Y de mí.

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