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Monthly Archives: noviembre 2016

Aligeraré mis días entre mis letras, intercambiando la obligación de los libros de texto por la levedad de mis escritos; liberando de historias mi cabeza, que mecanografía en el aire la película de mi otra vida mientras yo me despierto, pienso, leo, corro, respiro, como, sueño, vivo, imagino y duermo.

Tacharé de gris oscuro cada frase, las que me delatan y me matan, las que me arrancan sonrisas ilícitas y sueños prohibidos mientras el día avanza entre los monótonos vaivenes de la existencia que se doblega ante la confortabilidad de esta calma, la que me regala grandes momentos de felicidad infinita y periódicos arrebatos de pasión contenida, atados con un lazo de seda de color plata.

Exageraré hasta la locura, porque qué tedioso sería ceñirse a narrar los hechos sin engrandecerlos, y usaré con cautela las peligrosas metáforas, pues respeto a Milan Kundera cuando asegura que con las metáforas no se juega; no sea que nazca de ellas un absurdo sentimiento que descomponga mis días y me obligue a soltar amarras en este barco que es mi vida.

¿Me contendré durante una hora, una semana, un año, un mes… o quizá explote sin más y me rebele de una vez? ¿Tú qué crees?

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Se llama Raúl, y tiene once años; aunque este no es su único nombre. También se llama María, Javier, Cristina, Sara, Jorge, David, Valeria y cientos de nombres más. Tampoco tiene sólo una edad, pues a veces es tan sólo un niño de seis o siete, y otras se cree un adulto, pues ya ronda los dieciocho y está a punto de elegir universidad.

Raúl se levanta cada mañana cansado, sin fuerzas para afrontar el día. Muchas veces intenta ganar tiempo en la cama, y excusando un dolor de tripa o de cabeza pretende quedarse en casa. Alguna vez, si le dejan solo durante unos instantes, acerca el termómetro a la lámpara durante unos segundos, para que las décimas suban pero no de forma inadecuada o alarmante; aunque con los digitales esta tarea se le ha complicado bastante.

Cuando las artimañas no funcionan, Raúl se arrastra hasta el coche para que le lleven al colegio, donde su padre aparca en doble fila y le dice adiós desde la ventanilla. Raúl se acerca a la verja de entrada y observa, y espera. Y cuando por fin la fila avanza, mira hacia uno y otro lado entrando en clase el último, a la vez que el profesor.

Intenta estar atento en clase, porque estudiar no le disgusta. Pero también intenta no participar demasiado, para que no se note su presencia. Sabe que destacar, de cualquier modo no es bueno. Sabe que la última vez que sacó un diez, se ganó una colleja, unas burlas y unas gafas rotas, aunque sus padres piensan que las rompió jugando al fútbol. Lo que ignora Raúl, es que la mediocridad no te hace invisible ante quienes necesitan abusar, insultar y sentirse superiores con el único fin de acallar las voces de su baja autoestima; y que por más que se pregunta “¿por qué a mi?” nunca encontrará la respuesta, porque esa no es la pregunta adecuada. Raúl ha pensado mil veces en cómo escapar de esta rueda en la que se ha visto envuelto sin pedirlo; está cansado de vivir con miedo; de vivir con esta angustia diaria, de vivir… sí, incluso de vivir.

Raúl estalla una tarde en casa, y habla. Y sus padres, que nunca lo hubieran sospechado, piden cita con el profesor, y hablan. Y el profesor, que algo sabía pero que creía que eran cosas de niños, llama al director, al jefe de estudios y también hablan. Y la junta de educación hace acto de presencia, y continúan hablando. Pero nadie escucha.

Me gustaría contar que desde ese momento se arreglaron las cosas; que los padres de los abusones pusieron el grito en el cielo, que pidieron perdón a Raúl y a sus padres, que hicieron entender a sus hijos el daño que estaban causando y que todos continuaron conviviendo tan felices… Pero no.

Me gustaría contar que desde ese momento se arreglaron las cosas; que aunque los padres de los abusones defendieron a sus hijos justificando su comportamiento, Raúl se sintió protegido, a ellos les cambiaron de centro y él pudo volver al colegio con sus amigos de siempre, sin miedo, sin angustia, sin esa inquietud constante con la que vivía antes… Pero tampoco.

Raúl cambió de colegio. A medio curso y bastante lejos de su casa; el único en el que encontraron plazas libres. Le está costando adaptarse, pues no confía en nadie lo suficiente como para atreverse a ser él mismo. Ha aprendido, tan pronto, que la justicia no es justa, y que en muchas ocasiones no ganan los buenos. Lo que Raúl aún ignora es que la partida aún no termina, y que todavía queda espacio para muchas sonrisas en su vida.

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Este, no es un blog de noticias, ni de actualidad, ni de opinión. Pero hay veces, que no puedo cerrar los ojos a lo que REALMENTE está pasando hoy. Soy demasiado optimista… nunca pierdo la esperanza y de verdad espero que el nuevo teléfono habilitado para que los niños puedan denunciar el acoso escolar, no se quede en una anécdota que sólo sirva para calcular cómo aumenta el porcentaje de víctimas en los centros educativos, y ayude a adoptar las medidas necesarias para atajar el problema desde el minuto uno, y de raíz. Desgraciadamente, cuando un niño decide hablar, ya lleva demasiado tiempo sufriendo acoso, por lo que ninguna medida ha de demorarse ni un segundo más. 

Por un mundo sin miedo. Por una infancia feliz.

Esther. stopbullyingsign

Déjame arrastrarte hasta el vacío;

hasta el lugar donde el sol despierta, el lugar que te recuerda a cuando eras niño.

Déjame llevarte hasta el fin del mundo;

allí donde la noche es más fría y el sueño es mucho más profundo.

Ven conmigo, que te llevo al paraíso.

Escapemos de este lugar incomprensible y huyamos hacia lo imprevisto.

Ven conmigo, al lugar en el que nunca hay prisa;

donde el silencio enmudece, donde el paisaje, es poesía.

Déjame arrastrarte hasta la tierra prometida.

Donde los sonidos duermen. Las estrellas no terminan…

…porque vivir en la ciudad: No es vida.

Estoy exhausta. El jueves pasado me creí invencible, y hoy veo que a veces lo que me gusta no es siempre lo que necesito para conseguir mis metas; lo que creo seguro no son más que sombras en la pared que se desvanecen al apagar la luz, y que por más que me repito el mantra de “yo soy capaz” no siempre lo soy.

Estoy agotada. Cada músculo de mi cuerpo busca una cama. Y lo que normalmente es motivo de carcajadas hoy sólo tiene ganas de esconderse entre las sábanas. Mi cerebro está fundido, mis ojos se humedecen, mis labios se secan, mi alma no se sostiene.

Y ¿qué sentido tiene?

El querer ser mejor, el sentir que nunca es suficiente, el soñar despierta, el fantasear con verte, si sólo soy una muñeca de trapo que por azares del destino quiere ser de hierro, y no lo consigue.

El sentirse fuerte, el despertar siempre alegre, el sonreír constantemente, el ir hacia ninguna parte, dime hoy, qué sentido tiene. Si en cada árbol que me invento me emociono. Si cada puente que cruzo es para volver. Si hoy estoy segura: en mi bosque arde en un incendio, en sus llamas me he perdido y no me puedo esconder.

Estoy cansada. De mi móvil. De los ruidos. De noviembre. De las letras que aún no he escrito; de todos los libros que aún no leí.  Cansada de la gente.  De Zaragoza. Del lunes. Del viento… Y de mí.

Hoy he soñado contigo…

Después de tantas noches en blanco, de dar vueltas en la cama, despierta, desesperada, entre el insomnio atrapada, con mi imaginación revolucionaria, con el agotamiento al máximo, con los nervios por castigo. Hoy he dormido tranquila… Hoy, he soñado contigo.

Esta noche no he despertado cada hora, no me he enredado en las sábanas, no me he desvelado ni en la madrugada ni al llegar el alba. No me he arropado y desarropado, ni he leído, ni he pensado, ni he escuchado ruido alguno; tengo un colchón que es testigo. Hoy, desperté sonriendo… Hoy, he soñado contigo.

Hay sueños tan, tan reales, que parece que has vivido. Te vi, de pie en mi cocina, no sé cómo aquí llegaste. No cruzamos ni palabra; mirarnos ya fue bastante. Me hipnotizaron tus ojos, acercaste a mí tu mano, y tan sólo nuestros dedos se rozaron. Cuántas cosas pueden decirse a través de un solo instante. Un choque eléctrico, una conexión instantánea e inconmensurable, la certeza incomprensible de saber que nos pertenecemos de manera irremediable. Ni siquiera era consciente de lo mucho que temía el encontrarte; por lo que aún no comprendo cómo fue que sin buscarte, en mis sueños te quedaste y al despertar te he perdido. Adiós, mi desconocido… Hoy, he soñado contigo.

Echo a correr cuando puedo, escapando de la prisa, huyendo del día a día, dejando atrás la ciudad, el humo, la gente, el ruido, volando hacia la vida. Me embeleso con cada piedra del camino, el sonido de mis pasos sobre la gravilla, los charcos que al pisarlos me salpican. El oscuro azul del cielo, el susurro de los árboles, el misterio de las personas que de repente aparecen. Los amaneceres, los colores; van conmigo, me acompañan, me encuentran, me pierden.

Y tú… ¿Te vienes?

Me alejo de mis fantasmas, del móvil, de mis proyectos, me quedo sola conmigo y cada metro que venzo arrastro miles de ideas que golpean en mi cabeza hasta que con el esfuerzo todo se va diluyendo, cada zancada que doy, ese instante, ese momento, corro por ganar al viento, sabiendo que es imposible, pues mis tiempos son tan lentos que me dejan observar la paz que aquí me rodea, mientras me pierdo entre el bosque, sola con mis pensamientos.

Compito contra el apremio, dejando atrás la impaciencia, escapando del trabajo, la familia, de los libros, de la gente. Huyo de mí, de mi mente, dejando atrás los relojes, los minutos, el pasado y el presente y durante ese gran momento, vivir, es lo único urgente.

Elegí siempre inconsciente

sin preguntarme siquiera

si esta es mi yo verdadera

o me llevó la corriente

pues hoy me imagino ausente

como si permaneciera

lejos de mi vida entera

viviendo en otro presente.

Navegar por la memoria

es peligroso, y lo sabes

no permitas que la euforia

por quien fuiste, sea la clave

ni te imagines la historia

que en tu vida ya no cabe.

Quise correr tan deprisa

creyendo estar preparada

que ví que el tiempo no para

y avancé hacia el hoy sumisa

siempre con una sonrisa

como si nunca esperara

creer que quizá el mañana

llega pronto y nunca avisa.

Avanzar por los recuerdos

da miedo, y no tiene cura.

Vuelven a ti los encuentros

necesarios de suturas

y te rasgan tan adentro

que abrasan tus ataduras.

Dicen que toda la gente

vive dos grandes amores

y nos hace ser mejores

el saber ser consecuentes

con la elección impaciente

que adoptamos con honores…

Quizá haya males mayores

que el perder lo inexistente.

 

Decidió una fría mañana de noviembre recuperar los libros que, desahuciados años atrás, descansaban deprimidos en el hogar de su infancia, esperando ser rescatados y leídos al menos una vez más. Quizá fue una idea absurda, el trasladarlos lejos de su casa en primer lugar; pero tal vez fue aún más disparatado el querer acarrearlos todos de vuelta; sin planearlo, sin organizarlo, sin ayuda y sin pensar.

Salió a la calle cargada, acarreando millones de letras que apiladas pesaban bastante más que leídas, y recordó por qué ahora siempre viaja con su libro electrónico a todas partes. Consiguió a duras penas abrir la puerta, y como siempre, evitó el ascensor y cargó escalón tras escalón su columna de palabras, haciendo malabares hasta el primer piso. Depositó los ejemplares en la entrada, y observó en ellos el eco de su yo de antes, un conocido que está ahí pero que del todo ya no existe. Es lo que tienen los recuerdos, que al verlos te transportan a la época en la que los tuviste por primera vez entre las manos. Echó un último vistazo y los abandonó a su suerte, pues las prisas, como siempre, la llamaron en ese mismo instante recordándole una videoconferencia urgente.

Una hora más tarde, abrió la puerta, rumbo a la calle. Y un libro desnudo, de amarillentas páginas cayó a sus pies, desde el tirador de la puerta hasta el felpudo. “Tenemos que estar preparados para las sorpresas del tiempo”, rezaba El Alquimista entre sus páginas, y fue este, y no otro, el que le sorprendió apareciendo a destiempo sin que ella se hubiera percatado siquiera de su ausencia, fue este y no otro, el que que escurriéndose de su cubierta se perdió en un momento del camino, y de alguna desconocida forma consiguió llegar hasta las manos de alguien que lo depositó en su puerta, reencontrando su hogar y su destino.

Existen, entre tantas viejas glorias, otras dos ausencias que habrán de ser encontradas, y es que entre todos los libros que no llegó a trasladar, hay dos desaparecidos y siendo sus favoritos tendrán que ser recomprados para sustituir los perdidos. Pero eso… trata de los errores cometidos y de la falta de memoria, por lo que ya, es otra historia.

La noche hoy está callada,

y su atronador silencio me desvela.

Quién quisiera, quién pudiera

dormir bajo la bóveda estrellada

y no entre estas sábanas de seda.

La luna hoy no se equivoca,

y su cuarto creciente ya deslumbra.

Quién osara, quién consiguiera

robar la luz que refleja su boca

y devolver a las sombras su penumbra.

La Tierra hoy gira calmada,

y su bamboleo absurdo me acompaña.

Quién viniese, quién se uniera

a intercambiar mi cómoda almohada

por el frío acogedor de una montaña.

Si el sueño fuera profundo,

y de oscuro mi ventana se vistiera,

¿quién cambiaría su destino,

deambulando junto a mi cual vagabundo

como si el mañana no existiera?

Soy la chica que camina por la calle mirando al cielo, pensando en las nubes, cantando canciones hacia el sol.

Soy la que le habla a la luna, la que busca las estrellas y las guarda en su memoria sin saber bien cuáles son.

Soy quien siempre se tropieza, por ver pero no mirar.

Soy quien no te está buscando, porque tú me encontrarás.

Soy lectora empedernida, vivo las vidas a pares, a caballo entre mis días y los de mis personajes.

Soy escritora entusiasta que un día quemó sus hojas. Con mi cabeza me basta para guardar bajo llave las líneas de mis historias.

Soy quien cree en la ley de sincronicidad, en el orden del caos, en los motivos ocultos. Navegando en alta mar; buceando en lo profundo, viajo de una idea hasta otra con el poder de atracción de las palabras que alguien dejó escapar de su mente y que me llevan de un lugar a otro sin dejar descanso, sin ofrecer tregua, sin decepcionarme, sin saber que la sombra de las letras me resulta tan atrayente, que sólo con las palabras, ya me tienes para siempre.

Terrenal, nunca esotérica. Astronómica, no astrológica. Curiosa, poco habilidosa, buscadora de ilusiones, imán de acausalidades. Asocial, que no psicópata, siempre acaparada y captada, de sonrisa inconsciente. Una chica muy (poco) normal, solitaria en prácticas. Irracionalmente sensata, del mismo modo romántica. Fanática ignorante de la física cuántica.