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Así era yo (Parte 1)      Así era yo (Parte 2)

Soy de palabra fácil cuando tengo un teclado a mano, descarada y deslenguada ante los desconocidos que se hallan a una pantalla de distancia, pero me quedo en blanco y empequeñezco en las distancias cortas. Soy constantemente inconstante, perfectamente imperfecta, una chica muy tímida que practica de vez en cuando su desvergüenza.

Soy de sangre caliente, me enciendo y disparo, y después me duele el alma de pensar que pude hacer daño. Sueño despierta, mucho, muchísimo, pero cuando duermo rara vez lo hago. Querría vivir un año en una ciudad grande, rodeada de luces y teatros, y siento que se me pasó el momento. Quiero viajar a todos los confines del mundo, pero hacerlo sola me da miedo. Quiero vivir la vida en una casa de piedra, rodeada de montañas y silencios; y sin embargo me hipotequé en el lugar más práctico que pude encontrar. No aguanto a los vecinos ruidosos, pero soy consciente de lo mucho que nosotros molestamos. No soporto el olor del tabaco, ni a la gente que lo fuma, pero me suelo fumar un cigarrillo al año. No soporto el sabor del alcohol, ni a la gente que va pasada de copas, aunque el día que me pongo a beber, me paso. Me encanta dormir a pesar de que rara vez duermo ocho horas al día. Conocí al amor de mi vida antes incluso de haber empezado a vivirla. Nunca quise tener un hijo, hasta que de repente sentí la irrefrenable ilusión por tenerlo. Siento que el sistema educativo está obsoleto, creo que aprender es gratis y que la religión no debería enseñarse en la escuela, pero no encontré un colegio público que me convenciera y elegí para mi hijo un colegio concertado y católico. Me enamoré de la pedagogía Waldorf y del homeschooling, pero no me creí capaz de apostar por lo distinto, aunque lo presienta mejor. Soy defensora acérrima del cumplimiento de las leyes, pero las cuestiono todas y realmente creo que sólo los rebeldes cambian el mundo. No soporto madrugar, pero voy al gimnasio a las siete de la mañana y rara vez me despierto los sábados más tarde de las nueve.

Me encanta tumbarme al sol y sentir cómo el calor me abrasa por dentro. Me encanta que la temperatura baje de cero. Tengo secretos que nunca he contado, pero que alguien conoce. No soporto las ventanas cerradas, pero no puedo abrirlas porque vivo en el epicentro del universo del ruido.

Creo que estamos criando niños inútiles y estúpidos, y aunque hago todo lo posible por evitarlo, mi mayor miedo es que mi hijo se convierta en uno de ellos. Tengo pánico a las montañas rusas, pero grito de entusiasmo cada vez que subo a la Rock n’Roller coaster. Tengo ciclofobia… Hace tiempo me compré una bici, que por supuesto, nunca uso. Odio ir de compras. Odio gastar dinero innecesario. Siempre compro de más y me falta sueldo cuando el mes termina.

Me enferman los espectáculos con animales, me horroriza pensar en la falta de respeto que les tenemos, el dolor que se les causa. Pero soy carnívora en exceso y hasta ahora no he sido capaz de dejar de comerlos durante más de un día. Vegetariana de corazón, de corazón desalmado, cruel y sanguinario, con el alma atormentada por mi inacción.

No entiendo a la gente que no lee libros y comparto mi vida con alguien que nunca lo hace. Jamás veo la televisión, pero pago por tener más de cien canales. No podría vivir sin música, aunque hace años que no canto si sé que hay gente escuchando. Soy una persona completamente perezosa, pero trabajo, estudio, escribo, voy al gimnasio, me escapo a la montaña, whatsappeo mucho, actualizo mi facebook, sigo unas diez series, disfruto con mi familia, de mi casa y leo más de un libro a la semana. Suelo gastar una gran empatía,  aunque cuando alguien me dice que “no tiene tiempo” mi escepticismo me devora.

Soy extremadamente sincera, pero si alguien me pregunta por mi comida favorita, mentiré y siempre diré que es la pasta, o la pizza. Creo que el amor si es de verdad es para siempre, y a la vez creo que una pasión irracional puede golpear más fuerte que un amor verdadero. Que un engaño no se perdona, pero si me han engañado preferiría no saberlo. Creo en la fuerza de las palabras, pero también que una mirada es más que suficiente para desestabilizar el eje terrestre. Creo que una vida sin sexo, no es vida. Creo que confesar es de cobardes. Que un abrazo es la máxima expresión confianza; que un beso en la boca puede decir más que una noche de lujuria desatada, aunque estas, también sean imprescindibles y necesarias. Creo en la libertad, en la igualdad, en la certeza. También creo que existen cosas que sé que no pueden ser ciertas.

Quiero hacer más cosas de las que realmente quiero hacer. Querría aprender a escalar. Mataría por volver a estar en Denali, al pie del McKinley, una vez más. Me haría ilusión subir a la cima del Garmo Negro. Me apetece patinar para comprobar si todavía me acuerdo y ponerme por primera vez unos esquís y caerme una y mil veces. Me encantaría saber idiomas, sobre todo hablar y entender inglés sin necesidad de subtitularlo todo. Quiero comprarme una guitarra, y que seas tú quien me enseñe a tocarla.

Me gustaría, de verdad me gustaría que realmente me apeteciese realizar todas las cosas que querría conseguir.

Me gusta tanto la coherencia que soy completamente incoherente. Creo en el descuido, en la locura. Creo que mis extravagancias juegan al despiste, y que tal vez mis incongruencias, no existen.

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