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Monthly Archives: octubre 2016

Hoy me siento artista inconformista, no soy más que una absurda enajenada que busca algo que le falta sin haber perdido nada.

Siento que hoy me desencuentro, y el reloj se burla en mi cara recordándome algo que no he hecho, algo que no recuerdo y que me quita el sueño.

La sensación se multiplica y me angustia, pues olvidar un olvido que nunca fue planeado es tan ridículo y raro que ni entiendo, ni me gusta.

Hoy nada me reconforta, sólo necesitaba conectar con una estrella y dialogar con ella. Pero en este hogar, la cárcel en la que estoy atrapada no hay luces, ni sombras, ni estrellas, ni cielo en la noche: No hay nada.

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Hoy he recordado una frase que leí hace algunos meses y que Eckhart Tolle escribió en Una nueva Tierra: El momento presente es el campo en el cual transcurre el juego de la vida. No puede jugarse en ningún otro lugar.

Extinguimos el tiempo pensando en lo bueno y en lo malo, en las consecuencias que las decisiones que hoy tomamos podrán tener el día de mañana, en los aciertos o los errores que cometimos años atrás y que nos han traído hasta donde estamos hoy. Y lo cierto es que nada importa.

¿Por qué somos tan obtusos al empeñarnos en analizar todos nuestros actos intentando adivinar si nos llevarán por el camino de baldosas amarillas hasta el Reino de Oz? Siente, respira, actúa. Deja fluir tus emociones, no te dejes gobernar por el miedo. Escucha a tu verdadero yo, que lleva tantos años hablando a gritos para que no lo ignores que ya no eres capaz de oírlo. Sé consciente de cada uno de tus latidos. Deja que el camino lo marquen tus sentidos y vive cada paso como si fuera el último. Puede que lo sea, nunca lo olvides.

Abandona las buenas formas, la vergüenza, deja la contención a un lado. No te calles, que no merece la pena. Rompe las normas si así te apetece. Olvida que el ayer existe, porque no es más que un mero recuerdo. Hoy es el momento, el ahora es lo único que tenemos. Encuéntrate a ti mismo, busca la razón de llene de sonrisas tu existencia. Abandónate a tus actos, que mañana saldrá el sol de todos modos. Llora, rabia, ríe, suspira. Suelta el aire muy despacio, y no esperes ni un segundo… besa desesperadamente, invita a tu vida a un desconocido, déjate arrastrar por tu plan de huída. Toma hoy, ¡YA! las riendas de tu propia vida.

Algunos días me despierto viendo el mundo exclusivamente en color gris.

Algunos de esos días tropiezo con alguien que me habla, me mira a los ojos, me sonríe, y me devuelve todos los colores que perdí.

Algunos días, por un ínfimo momento soy consciente de lo inconveniente que es tener una imaginación que nunca se para, que siempre está en marcha, que raya lo absurdo, que jamás se acaba, que es tan vívida que se entrelaza con la realidad y me confunde, y me acapara; me dice ¡libre! y me deja atada. Me enloquece un día tras otro, hasta que se apaga.

“Hay instintos para todos los encuentros de la vida”. La frase no es mía, más me gustaría, pero leyendo Los miserables, se encontró conmigo como si nos hubiéramos estado buscando; y una vez hecho el reencuentro, seguro que ya no se me olvida.

¿Cuántas veces seguimos nuestro instinto, cuántas lo frenamos? ¿Cuántas veces lo dejamos aparcado? Yo en rara ocasión al conocer a una persona no he sabido con seguridad lo que mi futuro con ella me deparaba. Pero ¿cuántas veces te has cruzado con alguien y has seguido tu camino desoyendo tus instintos que susurran en tu oído que no dejes escapar a quien sin decir nada tanto te ha dicho?

Encuentros de autobús, de semáforos, de salas de espera, de filas, de hospitales. Encuentros de ascensor, de supermercado, de otros lugares. Encuentros de trabajo, choques con (des)conocidos, encuentros que no avisan, desencuentros de la vida. Miradas que sin palabras a todo tu instinto gritan. Amigos que no tendremos, pasiones en las que nunca caeremos, amores que sin saberlo ambos perderemos. No hay instinto equivocado, sólo hay pánico o desidia. Por qué bajar la cabeza si toda tu intuición lo que pide es compartir mil ilusiones, mil palabras, o una sola sonrisa.

Cada día duermo menos, cada noche insulto al tiempo, con estúpidas publicaciones de reestudiante irreflexiva que a saltos escupe su vida para que no se le olvide. Porque la memoria es corta, se moldea, se acomoda, los cuadernos se envejecen, se rompen, desaparecen. Pero en el blog guardo, y crezco, y me leo y no me veo, y continúo escribiendo aunque a todo el mundo le importe un bledo. Porque me da la gana, porque me apetece, porque lo necesito más que al aire que respiro, para muchos, para pocos, para seguir viviendo: para que mi psique se mantenga cada día en estado cuerdo.

¿Crees en el destino? Yo no quiero creer, pero lo hago. También creo en la casualidad como hecho aislado. Cuando varias casualidades se funden en una y se repiten, hay que dejar un margen de duda, y darles la oportunidad de contarte qué es lo que persiguen.

¿Tenemos elección o es la vida quien elije? Quizá es ella quien nos colma de señales que ignoramos una y otra vez negándonos el derecho a ser felices.

A veces, hay que mirar a las estrellas, que de la forma más burda ponen en tu camino a quien no esperabas. A quien no se lo merece. A quien te complicará la existencia. A quien te dará el sentido que te falta. Olvidar las consecuencias y lanzarse. Saltar al vacío, que cuando el vértigo se haga insoportable será la causalidad quien te recoja y te muestre que la oportunidad te esperaba.

A veces, hay que armarse de valor, hay que actuar sin pensar, hay que confiar en los instintos y no dudar, hay que soltarse sin más, hay que escribir y esperar, hay que aguantar el aire y apostar.

¿Todavía crees en el destino? Yo lo hago, pero no le permito fluir cuando me encuentra. Yo me escondo, yo espero, yo no actúo, yo no salto, no me lanzo, yo dudo, yo me acobardo. Yo me dejo llevar por la marea esperando que una noche, tú te rebeles contra el miedo y como quien cree que las casualidades nos acercan, me regales una sola letra. Una letra destinada al fracaso, destinada al olvido, destinada a confirmar que no estoy equivocada, y que con una mirada, ambos lo hemos comprendido.

Tengo muchos paraísos guardados, a los que volveré algún día.

Hoy, vuelvo de memoria a aparcar la bici en el pinar de la Lette-Blanche. A atravesar la duna por el camino. A cruzar metros de arena hasta que siento que es mi sitio. Se escapan las horas y no me entero, se me escurren los días entre mis sueños. Me tumbo a escuchar con los ojos cerrados, el rumor de las olas y el silencio. Oigo a lo lejos vuestras risas disfrutando de la vida. Yo sigo unida a la tierra, sintiéndome atada a ella. Me pierdo con Safran Foer, y prácticamente lo leo entero. Inspiro, pienso, observo. Mis ojos siguen las olas y a los jinetes que las cabalgan a lomos de una tabla. Envidio la libertad que desprenden todos ellos. Me embeleso con su baile y con sus takeoff. Tras mucho divagar mirando al mar logro ver cómo alguien consigue hacer un tubo perfecto y me emociono aún sin conocerlo. Camino por la orilla, perdida en mis pensamientos. Lucho a contracorriente, me molesta la gente, me dejo arrastrar por el océano. Me sumerjo lentamente, dejando flotar la culpa, mientras las olas me envuelven, me revuelcan, me arrastran: me absuelven. Sube la marea, vuelve a existir el mundo ahí fuera. La bicicleta de alquiler me espera, y creo que esta vez, no puedo. Vuelve mi ciclofobia, vuelve el miedo. La siento entre las piernas, la siento entre mis manos tensas, no tengo alternativa, el camino es largo y lento. La amenaza del ocaso me acobarda tanto que pedaleo. Y ruedo. Y no me caigo. Y la tierra sigue girando. Y nada ha pasado. Mi paraíso está intacto. Y entonces, llego. Aparco. Entrego. Respiro… y olvido.

Voy buscando algo extinguido, busco algo que aún no existe, busco a alguien irreal. Vivo por una utopía, que a la vuelta de la esquina un día me encontrará. Vivís de falsas sonrisas, vivís rodeados de prisas, de cosas, de historias, sin parar nunca a pensar. Corréis sin mirar las flores, sin disfrutar los colores, sin sentir, sin avanzar. Busco un unicornio y no lo encuentro. Busco un dinosaurio y ya no está. Busco a un Dios, el que un día tuve y en el que no creo ya.

Soy una paciente impaciente, que echa de menos épocas que igual no existieron, poemas que jamás leeremos, frases que al volar se van. Busco un sólo humano profundo, que comprenda que este mundo es prestado nada más. Busco un sólo anacoreta, cual comportamiento asceta me atraviese con su paz. Ando perdida, sin rumbo, solitaria entre la gente, ante el pensamiento inerte de quien no sabe escuchar. Vivo de blancos y negros, las letras son el destierro al que condeno mi ser; pues si sólo la pantalla es capaz de leer mi alma, sólo ante ella me desnudo; sin excusas, sin apuros y sin nada que esconder.

Ya nadie olvida el reloj, ya nadie habla. Ya nadie mira a los ojos y calla. Ya nadie intenta escucharse, ya nadie quiere sentirse. Nadie vaga ya sin rumbo hacia lo que creen no existe. Déjame mirarte, abre tu alma. Escapa de tu vida y entonces: para. Túmbate sobre la hierba, sube a un árbol, mira al cielo. Respira y siente cómo el aire te llena por completo. Cierra los ojos, sonríe. Piensa en ti, siéntete libre. Grita si quieres, corre si puedes, escapa de la vida que ya tienes.

Ando buscando algo extinguido, busco algo que aún no existe, busco mi propio universo. Busco palabras sinceras, busco un hacedor de sueños. Busco un poeta ilusionado… y no lo encuentro.

¿Alguna vez te has preguntado si una mirada desconocida esconde una promesa? ¿Alguna vez has intentado jugar contra una fuerza magnética? ¿Alguna vez has sentido que vives el preludio de algo que quizá no exista? ¿Alguna vez has soñado, sólo por el placer de imaginar, que las canciones y las películas cobran vida? ¿Alguna vez has sido capaz de escribir de madrugada, sin encontrar el sentido, aún sabiendo a la perfección qué sentido tiene? Sí… Alguna vez.

Te extraño.
Aún sin haberte conocido,
sé que caeré si es contigo.

Te añoro.
Y es el anhelo por verte,
quien arruinará mi suerte.

Te siento.
Tan cercano, tan profundo,
tan arriba, tan adentro,
tan locura, tan lujuria,
tal paraíso, mi infierno.

Te busco,
y de tanto alejarme no te encuentro.

Te miro,
y tus ojos me atraviesan como el fuego.

Te espero,
y con tal (des)esperanza, vivo… y sueño.

Así era yo (Parte 1)      Así era yo (Parte 2)

Soy de palabra fácil cuando tengo un teclado a mano, descarada y deslenguada ante los desconocidos que se hallan a una pantalla de distancia, pero me quedo en blanco y empequeñezco en las distancias cortas. Soy constantemente inconstante, perfectamente imperfecta, una chica muy tímida que practica de vez en cuando su desvergüenza.

Soy de sangre caliente, me enciendo y disparo, y después me duele el alma de pensar que pude hacer daño. Sueño despierta, mucho, muchísimo, pero cuando duermo rara vez lo hago. Querría vivir un año en una ciudad grande, rodeada de luces y teatros, y siento que se me pasó el momento. Quiero viajar a todos los confines del mundo, pero hacerlo sola me da miedo. Quiero vivir la vida en una casa de piedra, rodeada de montañas y silencios; y sin embargo me hipotequé en el lugar más práctico que pude encontrar. No aguanto a los vecinos ruidosos, pero soy consciente de lo mucho que nosotros molestamos. No soporto el olor del tabaco, ni a la gente que lo fuma, pero me suelo fumar un cigarrillo al año. No soporto el sabor del alcohol, ni a la gente que va pasada de copas, aunque el día que me pongo a beber, me paso. Me encanta dormir a pesar de que rara vez duermo ocho horas al día. Conocí al amor de mi vida antes incluso de haber empezado a vivirla. Nunca quise tener un hijo, hasta que de repente sentí la irrefrenable ilusión por tenerlo. Siento que el sistema educativo está obsoleto, creo que aprender es gratis y que la religión no debería enseñarse en la escuela, pero no encontré un colegio público que me convenciera y elegí para mi hijo un colegio concertado y católico. Me enamoré de la pedagogía Waldorf y del homeschooling, pero no me creí capaz de apostar por lo distinto, aunque lo presienta mejor. Soy defensora acérrima del cumplimiento de las leyes, pero las cuestiono todas y realmente creo que sólo los rebeldes cambian el mundo. No soporto madrugar, pero voy al gimnasio a las siete de la mañana y rara vez me despierto los sábados más tarde de las nueve.

Me encanta tumbarme al sol y sentir cómo el calor me abrasa por dentro. Me encanta que la temperatura baje de cero. Tengo secretos que nunca he contado, pero que alguien conoce. No soporto las ventanas cerradas, pero no puedo abrirlas porque vivo en el epicentro del universo del ruido.

Creo que estamos criando niños inútiles y estúpidos, y aunque hago todo lo posible por evitarlo, mi mayor miedo es que mi hijo se convierta en uno de ellos. Tengo pánico a las montañas rusas, pero grito de entusiasmo cada vez que subo a la Rock n’Roller coaster. Tengo ciclofobia… Hace tiempo me compré una bici, que por supuesto, nunca uso. Odio ir de compras. Odio gastar dinero innecesario. Siempre compro de más y me falta sueldo cuando el mes termina.

Me enferman los espectáculos con animales, me horroriza pensar en la falta de respeto que les tenemos, el dolor que se les causa. Pero soy carnívora en exceso y hasta ahora no he sido capaz de dejar de comerlos durante más de un día. Vegetariana de corazón, de corazón desalmado, cruel y sanguinario, con el alma atormentada por mi inacción.

No entiendo a la gente que no lee libros y comparto mi vida con alguien que nunca lo hace. Jamás veo la televisión, pero pago por tener más de cien canales. No podría vivir sin música, aunque hace años que no canto si sé que hay gente escuchando. Soy una persona completamente perezosa, pero trabajo, estudio, escribo, voy al gimnasio, me escapo a la montaña, whatsappeo mucho, actualizo mi facebook, sigo unas diez series, disfruto con mi familia, de mi casa y leo más de un libro a la semana. Suelo gastar una gran empatía,  aunque cuando alguien me dice que “no tiene tiempo” mi escepticismo me devora.

Soy extremadamente sincera, pero si alguien me pregunta por mi comida favorita, mentiré y siempre diré que es la pasta, o la pizza. Creo que el amor si es de verdad es para siempre, y a la vez creo que una pasión irracional puede golpear más fuerte que un amor verdadero. Que un engaño no se perdona, pero si me han engañado preferiría no saberlo. Creo en la fuerza de las palabras, pero también que una mirada es más que suficiente para desestabilizar el eje terrestre. Creo que una vida sin sexo, no es vida. Creo que confesar es de cobardes. Que un abrazo es la máxima expresión confianza; que un beso en la boca puede decir más que una noche de lujuria desatada, aunque estas, también sean imprescindibles y necesarias. Creo en la libertad, en la igualdad, en la certeza. También creo que existen cosas que sé que no pueden ser ciertas.

Quiero hacer más cosas de las que realmente quiero hacer. Querría aprender a escalar. Mataría por volver a estar en Denali, al pie del McKinley, una vez más. Me haría ilusión subir a la cima del Garmo Negro. Me apetece patinar para comprobar si todavía me acuerdo y ponerme por primera vez unos esquís y caerme una y mil veces. Me encantaría saber idiomas, sobre todo hablar y entender inglés sin necesidad de subtitularlo todo. Quiero comprarme una guitarra, y que seas tú quien me enseñe a tocarla.

Me gustaría, de verdad me gustaría que realmente me apeteciese realizar todas las cosas que querría conseguir.

Me gusta tanto la coherencia que soy completamente incoherente. Creo en el descuido, en la locura. Creo que mis extravagancias juegan al despiste, y que tal vez mis incongruencias, no existen.