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   Cuando el adiós  llama a tu puerta, la tristeza se apodera de tu alma llevándose consigo un trozo de tu propia vida. Te conviertes en una desvalida cometa, que por unos instantes perdió el cordel que la unía a la tierra, y te dejas trasladar bamboleada por el viento como si de una muñeca de trapo, inerte y volátil se tratara. Extravías con cada paso, pedacitos de alegría, aquellos que os acompañaban en vuestro día a día, y por un tiempo, la sonrisa que muestras no es completamente sincera.

   No importa cuanto duró la despedida,  nunca será suficiente, y siempre es demasiado pronto para que alguien como tú se vaya. Precisaría de un día más para decirte lo mucho que voy a añorarte, cambiaría mil estrellas por una hora más en la que verte sonreír, cedería unos cuantos días de mi vida para tenerte cerca unos minutos más y poder susurrarte al oído que tan sólo abrazándote fuerte, ya me siento segura, y feliz.

   Pero el tiempo nunca cede, y los días pasan aprisionando los recuerdos, que se agolpan en mi cabeza buscando su lugar eterno. Y el reloj, con cada golpe de segundo me aleja más del ayer, acompañándome en mi profunda tristeza como el compañero fiel que jamás te abandona. Y los días, siguen pasando uno tras otro, sin tener la delicadeza de esperarte; recordándome que mientras mi corazón tenga latido, tú seguiras existiendo, aquí conmigo, muy junto a mi.

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