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Monthly Archives: enero 2011

Te besé con furia, con anhelo, como quien tiene la certeza de que el mundo hoy va a terminarse. Me enterré en tus brazos como una niña asustada, rogando que me envolvieras bien fuerte. Suplicando que no te marchases nunca. Rompiendo mi corazón contra tu pecho, soñando con que un segundo bastase para olvidar el tiempo perdido, como si en un solo instante pudiera colmarte del cariño que se extravió por el camino.

Me perdí en tus ojos, vivos y brillantes, y envolví en mis manos tu incipiente barba que asomaba indecisa por entre mis dedos, cuyo tacto acercó mi memoria a todas las mañanas de domingo que me desperté a tu lado.

–          Por fin has vuelto, y como cada día desde que te fuiste; hoy también te esperaba.

Tú tan sólo sonreíste, curvando un poco el gesto y sin mediar palabra; como invitándome  a acercarme si en verdad lo deseaba. Tentándome, atrayéndome; observándome a través de tus ojos grises como si un reto me lanzaras, y cayendo en tu cruel trampa, busqué tu boca; no perdí un momento. La colmé de caricias con mis labios saboreando el aroma a mar y aire, aunque acaso no arrastraste tú el salitre al navegar por el Atlántico, y fuese el sabor de las lágrimas que derramé mientras te esperaba.

Me adentré en nuestro futuro, tan límpido y tan grande; en la inmensidad de lo eterno que sin final existe. En tu hoy, en nuestro ayer, en los millones de días que el Universo nos regala cada mañana. En la búsqueda incompleta de la certeza. En la felicidad del que por fin la encuentra. Y te sentaste en tu sillón de siempre, como si nunca te hubieses marchado, y sin dudar me acomodé contigo, sintiendo tu aroma; tu respirar acompasado, y te miré con todo el amor del mundo mientras brindábamos por el pasado, ya olvidado.

Saboreé el vino de tus labios, lenta y suavemente, borracha de sentimientos y recuerdos, embriagada por el sabor a madera, a libertad, y a recuperada juventud, perdiéndome en la esencia que me regalabas con cada roce de tu piel. Recorrí desde tu boca cada rincón de tu alma, latido tras latido, beso tras beso, susurrando sin palabras un te quiero, degustando los aromas afrutados y tan vívidos, que me pareció imposible que realmente existieras, y que por una vez pudiera paladear sin duda alguna, la certeza de que tras unas horas, seguirás aquí conmigo, como si nunca te hubiese perdido.