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Monthly Archives: agosto 2010

Entreabrí los ojos vagamente, justo a tiempo de observar cómo tu sonrisa aguardaba a despedirse, antes de fundirse entre las sombras de la madrugada. Hundí mi cara en tu almohada, anhelando continuar el sueño que minutos antes me acunaba, para evitar que el reloj parpadeante retrasara sus segundos, convirtiendo el tiempo en un abismo insalvable y contando las horas como eternidades hasta tu vuelta. Y el sopor venció débilmente, envolviéndome con su nana durante el tiempo suficiente, para entrever el reflejo azulado de la mañana a través de las cortinas y entre las rendijas de la persiana.

Descalza, recorrí las frías baldosas hasta la barandilla, y el alba me saludó con el rumor de las olas. Por primera vez, olvidando las leyes de la física, busqué amanecer mirando al Sur, observando la montaña mientras su silueta se clareaba, entre los negros de la noche y los azules de la mañana, y un suspiro se escapó de mi garganta cuando te descubrí brillando entre los caminos de la alborada, sintiéndote tan cerca como si a mi lado estuvieras, sintiéndote tan lejos como cualquier estrella.

Esperé mientras el viento me acariciaba, sin perderte de vista, sin olvidar ni un segundo que era a ti a quien aguardaba, y cuando por el noreste apareció el sol tiñendo las nubes de color rojizo y naranja escuché tu voz tan cerca que casi me susurraba. Cruzamos destellos a kilómetros de distancia, compartiendo en la penumbra el secreto de la felicidad que día a día nos abraza, lanzando un beso al infinito que quizá se perdió en la nada, pero al volver a encontrarnos, otro, eterno, te esperaba.

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