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Escucho los ecos del pasado resonando en mis oídos, y los retumbos de los tambores del ayer que con su tic-tac descontrolado me recuerdan el paso de los años. Escucho la juventud de mis días transitados, y la veo desvanecerse entre la sensatez del día a día y la cordura que se asienta en mi cabeza semana tras semana. No es eterna, la ligereza de los segundos que desaparecían a través del espejo sin apenas darme cuenta, si bien ahora el reloj no se detiene a dar las horas, en su murmullo constante que perenne me recuerda que todo continúa.

Vida que crea otra vida, y que lamenta que el tiempo que nos queda no pudiera multiplicarse hasta el infinito. Lazos inmortales que al expirar desparecen, y por los que cada noche rezo se refuercen y perduren para siempre. No es sensato, el miedo a lo inevitable, si bien todavía no llegué a sentir ni el ecuador ni la vida suficiente para desechar ese temor de mi mente. No es racional, el grave sonido lejano que martillea mis tímpanos amenazante cual corazón desbocado que pide más y más tiempo de este instante.

Latidos perpétuos, sonrisas sempiternas, paz interior que al respirar se exhala por entre mis labios y se alienta en mi boca, debo encontrar mi mantra, reiterarlo hasta empalagar completamente mis cinco sentidos, sonreir al presente que me cuida y me acuna entre tus brazos, sintiéndote roca inamovible, sabiéndote vivo, con la certeza de que pase lo que pase siempre existiré en tu vida, siempre te llevaré conmigo.

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