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Monthly Archives: enero 2010

Me mantengo alerta, procurando escuchar el latido del futuro donde no hay más que silencio, intentando aferrarme a la vida, a la creación del alma inanimada que soñamos cuando el solsticio de verano trajo más calor a nuestras vidas.

Paso las horas bailando alrededor de la congoja, y cada uno de los viajes me asusta y me esperanza. Quizá sea locura, el intentar negar que ayer supe que de nuevo estaba vencida, y el mantener la barbilla bien alta y conservarme mentirosa y confiada.

Me agota saber con seguridad que hoy no es el día, y el querer ocultar esa certeza tras rejas de plata. Y es que el estado febril que me acechaba se deshiela poco a poco entre los próximos minutos, y las palabras.

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La ví palidecer cuando por fin dieron las doce, y se quedó allí como una autómata mientras la última campanada daba paso al nuevo año. Nos besó a todos sin emoción ninguna, y sus ojos llorosos evidenciaban un exceso de alcohol, aunque viéndolo ahora a través del tiempo, acaso fuera una borrachera emocional que la fue embargando agonizante con cada tañido.

-Ven, vente conmigo.

Nos refugiamos las dos en la soledad del jardín humedecido por el rocío, a la luz del papel quemado del cigarro que apuraba en cada calada como si de desgastarlo más aprisa se tratara. Las manos, temblorosas, sujetaban un papel cuadriculado, que pasó por el mechero antes siquiera de percatarme de su existencia.

-Este no va a ser un Enero de promesas, ni de metas. En el fuego se consumen todos los propósitos que en cenizas han quedado. Perdí el tiempo, día, tras día, mes tras semana, trimestre tras año. Me dejé vencer por la batalla de los anhelos, y aquí estoy, con el mismo trabajo, con la cuenta a cero, con los mismos kilos que arrastraba y con el mismo corte de pelo. Tienes suerte, de no necesitar nada de esto.

Y es que, en la profundidad de su mirada, conseguí observar el humo de tres mil cigarros, las resacas de la soledad que la embargaba tantos sábados, el abono del gimnasio apenas gastado por el desuso y el brillo apagado de las metas abandonadas. Bajé la mirada, aliviada por haber conseguido todos mis deseos, y algo, casi inapreciable, ensombreció el momento. Y recordé que mi guerra contra las primeras páginas, es un combate que perdí hace mucho tiempo.