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Monthly Archives: diciembre 2009

Durmió durante más de diez horas, y perdió un bostezo entre las sábanas al escuchar el sonido del inquietante silencio típico del despertar en las mañanas de los días de fiesta. Recordó sin esfuerzo su invernal sueño, y pensó que con dos grados bajo cero, nada es más apetecible que bailar bajo la nieve sobre un manto de hierba escarchada, dejando que los copos acaricien tu rostro y se deshagan inevitablemente al contacto con la piel.

Siguió soñando despierta, con su taza de café entre las manos, y tras invertir diez minutos en una ducha muy caliente, conjuntó sus pantalones de pana y sus botas de agua, con un jersey de cuello alto, una sudadera adidas y la cazadora roja que aunque ya está algo gastada, sigue siendo una de sus prendas favoritas. Salió del portal enfundándose los guantes, con la sonrisa puesta bajo una larga bufanda y escondiendo sus orejas con su gorro de lana deshilachada, con una borla en la punta que la hacía parecer más alta…

…y miró al cielo.

Y su alegría se desvaneció al momento.

Y el sol, que no entiende de deseos, brillaba allí en lo más alto, de aquel caluroso quince de agosto.

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Abro los ojos y te sueño,
alma encadenada a la locura de un secreto,
el que todos ocultamos muy adentro.
Cierro los ojos y observo
el caminar desesperado del ignorante
que cree que la vida es sencilla…
no hay camino más complejo
que el de mantener la cordura
mientras los días te demuestran que de nada servía.

No soy quien el espejo refleja,
ni quien tus ojos miran,
por eso bajo la lluvia eterna
los minutos pasan cada vez más lentos
mientras una desconocida me devuelve la mirada
con la inconsciencia de creerse invencible
con la coherencia de pensarse eterna
con la incoherencia de pensarte eterno
con la dulzura del deseo
con la inadecuada idea de empezar de cero.

Aún no me he despedido, y ya estoy echando de menos eso que algunos llaman la inmensa nube negra que es Madrid. Mi Madrid. Mi Madrid de prestado, se entiende, porque tras 28 años de ausencia no creo sensato reclamar derecho ni propiedad  alguna, ni siquiera en un sentido alegórico de la palabra, y consciente soy aunque me pese, que seis o siete días al año no bastan para mantener los privilegios de patrón y dueño que fugazmente me pertenecieron cuando nací aquí.

Madrid no es sólo estar, hay que sentirlo, inspirar la libertad que se respira, mirar a tu alrededor y ver que no eres más que uno de los eslabones de la cadena de historias que surgen en esta ciudad que me mata, que nunca duerme, que con su embrujo te atrapa y te guía entre sus calles sin dejarte perder tu camino.

He desgastado suela durante horas, marcando a mi paso las huellas que me han llevado sin descanso una y otra vez de Goya a Sol. Tantas idas y venidas no han hecho más que reafirmar mi teoría de que el Madrid subterráneo es para cobardes o para vivir con prisas, que las aceras están puestas para emplearlas, y deslucir baldosas es la única manera de respirar el aire que sopla sin sentirse, y que sabe diferente en cada esquina, sabe a poder en Serrano, a paz en el Retiro, a sonrisa y música en Fuencarral.  Y sí, también sabe a gris en Recoletos, a multitud en Gran Vía y a gasolina quemada en Alcalá y Atocha, pero merece la pena conjugar la melodía, que se escucha a cada paso nuevo que das por la ciudad.

Lo peor, la vuelta… el despedir los neones sin sentir nostalgia, el decir un hasta luego a los teatros en los que reído y llorado sin reserva alguna, el pensar un ojalá para los que por falta de tiempo me perdí, (quién sabe si a mi vuelta seguirán en cartel), y el volver a una ciudad que se cree adulta, y a la que sus habitantes no quieren ver crecer.

Y ya sin más, tendré que bajar a tus entrañas para en tu metro llegar a mi tren… adios una vez más, Madrid. Me marcho a casa, pensaré en ti… Volveré a ti.

La vida tiene un sonido propio, el latido que olvidamos que existe, el que nunca nos paramos a escuchar. Fuerza la máquina, olvida que existen los límites, camina, huye, corre hasta que la falta de aliento te lo impida, cruza las fronteras, abandona en cada paso un trozo de asfalto, y sigue corriendo hasta que tan sólo la tierra y los árboles te acompañen, hasta que susurro del río sea un rumor constante, y detente.

Y escucha.

Y siente por primera vez que La Tierra realmente gira, y que el universo verdaderamente es infinito.

Túmbate sobre la hierba mojada y despierta, escucha cómo tu corazón se desboca, cómo cada parte de tu cuerpo está conectada con el mundo, cómo la gravedad te atrae hacia el suelo con su fuerza sempiterna y cómo el sonido del silencio palpita en tus oídos con gran potencia. Observa las nubes cómo escapan, y considérate atado a este planeta.

Siente la atracción magnética, siente cómo tu calor se funde con la superficie rugosa de la tierra, deshazte de tu energía, desafía las leyes de la termodinámica, déjate llevar por el caos, siente cómo aumenta la entropía, siente ahora fluir tus pensamientos sin barreras y mezclarse en este agujero negro que es tu día a día.

Y piensa, y deja que pensar sea algo innato, deja que sea tu cuerpo el que decida, cerebro, corazón, busca sentido a tu vida, deshazte de todas las ideas preconcebidas, olvida religiones, familia, culturas, y dale respuesta a tus preguntas, sé que todos tenemos muchas.

Imagina, crea tu propia utopía, sumérgete en tus fantasías, apura al máximo lo feliz de esta irrealidad, y no desesperes, desecha lo que creiste imposible y sueña con conseguirlo, deja que tu alma abandone la prisión a la que la encadenas y que vague libre hasta encontrar tu destino, porque quizá esté cruzado con el mío.

La vida tiene un sonido propio, el latido que perenne nos recuerda que existimos, el que a partir de este momento no nos dejará jamás indiferentes, el que en su flujo constante, nos hace reales.