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Llevaba meses oculta, viviendo a base de la tenue luz que entraba por la ventana cada día, pero observó a través del cristal lleno de lágrimas y se hizo añicos la esperanza de saludar al sol durante la mañana de hoy. Escuchó el latido palpitante del teléfono, y conectó el contestador automático para que nada ni nadie le molestase durante las horas de lluvia, pues el sonido del repiquetear de las gotas sobre el alféizar y el olor a barro mojado que se colaba entre las rendijas le traía dulces recuerdos de un pasado que se mantenía oculto en su memoria y sólo asomaba a la par que las tormentas. En su cabeza cientos de imágenes pasaban a una velocidad vertiginosa, una velocidad casi considerada impropia de su edad avanzada,  vio pasar un tímido reflejo de una joven a la que conoció un día en un espejo y que con sus botas de goma corría entre los charcos, riendo a carcajadas y escapando de entre los brazos de alguien que no tenía más que ojos para ella.

Quizá, pensó mientras suspiraba al cerrar la cortina, si hubiese seguido riéndose de la vida como entonces, no estaría ahora sola mirando a través de los gastados visillos, y sintiendo el corazón vacío por la feliz existencia que pudo haber tenido.

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