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Tampoco ayer pude dormir, pero esta vez puedo asegurar que no fue culpa mía. Me acosté bastante pronto, deseando caer rendida al sueño que me acechaba desde por la mañana, pero fue inútil el intento. No pude evitarlo, un dolor salvaje se apoderó de todo el lado izquierdo de mi cerebro, y me impidió pensar, y dormir, y descansar por varias horas. Las pulsaciones se escuchaban con volumen estridente o eso a mi me parecía, y por un instante temí volverme loca. Esta vez ví las horas pasar ante mis ojos, las doce, la una, las dos, no parecía tener fin, ni siquiera el amasijo de paracetamol e ibuprofenos pudo tranquilizarme, y el dolor seguía persistente. Lo peor es el sonido que de normal se escucha amortiguado y en este estado retumba en tus oídos, y yo miraba a mi alrededor preguntándome cómo era posible que sólo yo lo estuviera escuchando, y es que hasta el zumbido del segundero atrastrándose por la esfera del reloj martilleó mi cabeza sin tregua durante gran parte de la noche.

Intenté concentrarme, cerrar los ojos, y dejar de pensar, a ver si la nula actividad conseguía aliviarme, pero tan sólo conseguí ponerme más nerviosa al observar que no lo conseguía. Y aguanté estoica cada estocada, cada punzada que me atravesaba desde la frente hasta la nuca, y se extendía por el cuello, hasta que, en algún punto de la madrugada, vencida por el agotamiento, perdí toda consciencia, y me dejé arrastrar exahusta hacia el mundo de los sueños.

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