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Monthly Archives: septiembre 2008

La vida es un puzzle interminable, somos millones de piezas diferentes que en algún momento consiguen encajar, y me pregunto cual es la fuerza que nos lleva a algunas personas a juntar todos los trozos con tanta facilidad.

Me despierto por las mañanas dándome cuenta de que no hay huecos entre las piezas que he unido, y que un paisaje de ensueño se dibuja delante de mi ventana sonriéndome un día más. A veces me pregunto cuánto puede durar la felicidad completa, y si en algún momento un huracán descontrolado conseguirá deshacer todo lo que me rodea.

No sé por qué el miedo atenaza de vez en cuando mis pasos, y por qué las decisiones que yo he tomado han sido siempre acertadas. No comprendo cómo lo que yo observo tan nítido y tan claro para los demás es tan oscuro que no deja pasar la luz. No sé si es especial sentirse especial, o si cada persona del mundo se siente así, tan especial como yo. No se si existe el futuro, porque el presente llena todos los huecos del mañana, convirtiendo cada día, en el mejor ayer, y cada instante, en una sonrisa que me devuelve a la vida una y otra vez.

El tic-tac monótono del reloj resuena entre las cuatro paredes, recordándome que su maquinaria funciona perfectamente, y que el tiempo nunca se detiene. Intento observar mi vida desde la distancia, y compruebo que la rutina me mantiene viva, y que a pesar de disfrutar al máximo los picos alternativos que se introducen en la vida diaria, cuando realmente me recreo en ellos es cuando vuelvo a mi casa, me pongo ropa cómoda, y me envuelvo con una manta en el sofá mirando a Carlos a los ojos y comentando los mejores momentos del día. La improvisación está sobrevalorada, puesto que tantos años llevamos improvisando que improvisar se ha convertido en parte de nuestra vida y se mantiene semana tras semana inventando nuevas formas de vivir el hueco de tiempo que se abre entre el viernes y el lunes. Y a pesar de viajar lejos, descubrir lugares distintos, conocer a gente alucinante, sé que el mejor momento del fin de semana llegará el domingo por la noche, cuando podamos estar juntos, a solas, y no exista nada más

El tic-tac monótono del reloj resuena entre las cuatro paredes, recordándome que su maquinaria funciona perfectamente, y que el tiempo nunca se detiene. Y mi mayor deseo es, que la rutina de volver a casa cada día, nunca se detenga.

Al despertar esta mañana, me he dado cuenta de que la ciudad que nunca duerme hoy está dormida, y las calles me devuelven el eco de mis pasos sobre las aceras gastadas. No se escucha el murmullo martilleante de las largas filas, ni te tropiezas con la gente al intentar cruzar el Coso, y es que somos pocos los que aquí seguimos, y millones los que se han marchado a esconderse de nuevo tras las cortinas.

Echaremos de menos el ruido, el ambiente continuo, la fiesta interminable de entre semana, los focos que iluminaban el río ahora a media luz, y diremos adios al indescriptible Fluvi, que quedará en el baúl del lejano recuerdo junto a otros que en su día ocuparon su sitio.

Viviremos de nuevo como antes, con la tranquilidad de las ciudades medio grandes, con las miras puestas en los centros comerciales, saliendo en lugar de a la Expo, de copas y de bares, y volviendo a las comidas de calidad en buenos restaurantes. Volveremos a disfrutar del cine, y del teatro, al salir de trabajar descansaremos un buen rato, regresarán los hoteles vacíos, los precios razonables, los autobuses puntuales en los que puedes sentarte, y la normalidad invadirá nuestro espacio infinito… hasta que en menos de un mes, el caos se apodere de nuevo de Zaragoza, y las fiestas del Pilar nos redescubran otro reguero de visitantes a los que la Mayor Fiesta del Agua en La Tierra, les supo a poco.

Doble V – La Ciudad Nunca Duerme

Todavía hoy, al escuchar el sonido de la lluvia golpeando mi ventana, puedo cerrar los ojos y sentir el movimiento de las olas del Pacífico Norte contra el casco, puedo apreciar el casi imperceptible movimiento del barco, y mi piel se queda fría al recordar el suave toque de la brisa oceánica y las gotas que las nubes dejan caer en el balcón de mi camarote y que me acarician el rostro a causa de la velocidad.

Puedo sentir la moqueta mullida bajo mis pisadas, y el ambiente de fiesta que se respira por doquier. Escucho de fondo el sonido del casino, y cada giro de la ruleta que nos desafía una vez más. Quiero pasear por cubierta, bajo la lluvia, quiero observar al infinito y no poder observar nada más que oscuridad. Quiero estar de nuevo entre tus brazos para no sentir el frío, y que desde estribor me señales las estrellas mientras me sonríes.

Sólo con cerrar los ojos, puedo volar hasta Seward, y sentir cómo el corazón se me acelera al paso por los fiordos de Kenai. Puedo respirar la niebla y recordar el inolvidable sonido del hielo al romperse y caer al océano hecho pedazos. Recuerdo el color de la nieve de agosto, y el contraste con el verde paisaje que se extendía durante kilómetros ante nuestros ojos. Todavía escucho el aletear de las aspas del helicóptero sobre mi cabeza, y consigo volver a sentir esa indescriptible satisfacción para la que ni siquiera han inventado las palabras suficientes.

Todavía se me remueve el alma cada vez que observo los cientos de fotografías, y la película que ya forma parte de toda nuestra vida. Recuerdo cada instante, cada rincón, cada puerto y cada pueblo, cada una de tus miradas, cada una de tus palabras, todos y cada uno de los momentos que vivimos juntos. Pero no todo es nostalgia, no todo son reminiscencias de los mejores días que hemos vivido, porque queda la esperanza de que mañana, un mañana, podamos volver juntos a Alaska, y volver a vivir por unos días, en el mejor lugar de La Tierra.

Sin ánimo de superar a Monterroso, ni mucho menos a Lomelí, a veces me gustaría escribir una frase que por si sola tuviera la coherencia necesaria para no necesitar el cobijo de un texto alrededor acunándola para complementar su insípido significado. Pero es indudable que siglos de imaginación me faltan para conseguir realizar una proeza semejante.

No es por privar de mis palabras al mundo que según las estadísticas existe al otro lado de la pantalla, más bien la idea ha surgido completamente al contrario, con imposible ánimo de ganarle la batalla al tiempo, que se acelera extrañamente cuando más segundos libres necesito.

Por eso, y por ninguna otra razón, he dejado de publicar diariamente mis reflexiones inútiles, y es que por más que intento estirar los días para convertirlos en algo elástico con lo que jugar a mi antojo, parece ser que las leyes de la física son bastante claras al respecto, y que cada veinticuatro horas el calendario marca una nueva fecha reseteando el cronómetro que se pone a cero de nuevo para comenzar una nueva cuenta atrás.

Y la verdad, es que por mucho que lo intento, me siguen faltando horas de sueño, y cada letra que escribo es a cambio de dormir un poco menos. Por eso, y porque mis propósitos al menos han de procurar ser intentados, hoy lo intento, y sin dinosaurios ni emigrantes sólo se me ocurre esto:

“¿En menos tiempo? -Imposible.”

Llevaba meses oculta, viviendo a base de la tenue luz que entraba por la ventana cada día, pero observó a través del cristal lleno de lágrimas y se hizo añicos la esperanza de saludar al sol durante la mañana de hoy. Escuchó el latido palpitante del teléfono, y conectó el contestador automático para que nada ni nadie le molestase durante las horas de lluvia, pues el sonido del repiquetear de las gotas sobre el alféizar y el olor a barro mojado que se colaba entre las rendijas le traía dulces recuerdos de un pasado que se mantenía oculto en su memoria y sólo asomaba a la par que las tormentas. En su cabeza cientos de imágenes pasaban a una velocidad vertiginosa, una velocidad casi considerada impropia de su edad avanzada,  vio pasar un tímido reflejo de una joven a la que conoció un día en un espejo y que con sus botas de goma corría entre los charcos, riendo a carcajadas y escapando de entre los brazos de alguien que no tenía más que ojos para ella.

Quizá, pensó mientras suspiraba al cerrar la cortina, si hubiese seguido riéndose de la vida como entonces, no estaría ahora sola mirando a través de los gastados visillos, y sintiendo el corazón vacío por la feliz existencia que pudo haber tenido.

Tampoco ayer pude dormir, pero esta vez puedo asegurar que no fue culpa mía. Me acosté bastante pronto, deseando caer rendida al sueño que me acechaba desde por la mañana, pero fue inútil el intento. No pude evitarlo, un dolor salvaje se apoderó de todo el lado izquierdo de mi cerebro, y me impidió pensar, y dormir, y descansar por varias horas. Las pulsaciones se escuchaban con volumen estridente o eso a mi me parecía, y por un instante temí volverme loca. Esta vez ví las horas pasar ante mis ojos, las doce, la una, las dos, no parecía tener fin, ni siquiera el amasijo de paracetamol e ibuprofenos pudo tranquilizarme, y el dolor seguía persistente. Lo peor es el sonido que de normal se escucha amortiguado y en este estado retumba en tus oídos, y yo miraba a mi alrededor preguntándome cómo era posible que sólo yo lo estuviera escuchando, y es que hasta el zumbido del segundero atrastrándose por la esfera del reloj martilleó mi cabeza sin tregua durante gran parte de la noche.

Intenté concentrarme, cerrar los ojos, y dejar de pensar, a ver si la nula actividad conseguía aliviarme, pero tan sólo conseguí ponerme más nerviosa al observar que no lo conseguía. Y aguanté estoica cada estocada, cada punzada que me atravesaba desde la frente hasta la nuca, y se extendía por el cuello, hasta que, en algún punto de la madrugada, vencida por el agotamiento, perdí toda consciencia, y me dejé arrastrar exahusta hacia el mundo de los sueños.

No, no hablo de la vuelta ciclista a España, a la que dicho sea de paso he visto amenazar con su llegada en los anuncios de la tele, hablo de la vuelta a la vida diaria, vida de la cual he desconectado tanto que me ha costado un mundo volver a encontrarla. (Una lástima no haberla perdido para siempre).

Propósitos para el nuevo curso:

  • Conseguir alimentarme bien (bien = reducir la ingesta de comida basura)
  • Trabajar más concentrada y con más eficacia
  • Hacer más ejercicio (Esto no se ni para qué me molesto en ponerlo)
  • Dormir más, y mejor (¿Eso depende de mi?)
  • Gastar menos
  • No lamentarme por la vuelta de vacaciones
  • Tener al menos un pensamiento positivo al día (Mmmmm me quedan “sólo” 38 años para jubilarme)


En fin, creo que por el momento ya es más que suficiente. Teniendo en cuenta que mis buenos propósitos sólo salen a la luz en Septiembre y en Enero, me parecería abusivo proponerme algo más, sobre todo porque ya sé que no cumpliré ni la mitad de lo que me he propuesto.

Tengo sueño, aunque no se muy bien si es culpa mía. La culpa la tiene el reloj. Si, el reloj, y es que si lo hubiera mirado alguna vez a lo largo de la noche, tal vez me hubiese percatado de que las horas pasaban sin prácticamente darme cuenta. Por eso, me asusté tanto cuando ví que el resplandor verde que salía del dvd marcaba las cinco de la mañana, el pánico se adueñó de mi y corrí hacia la cama, pero me parece que ya era demasiado tarde.

Después de tragarme cuatro episodios de cold case en versión original (of course, para una vez que la Fox tiene una idea interesante no iba a dejar pasar esa oportunidad), no podía dejar de pensar en inglés. Lo cual fue un gran problema a la hora de intentar conciliar el sueño, porque como no entiendo nada más que el Castellano no terminé de comprenderme a mi misma cuando me repetía una y otra vez que la idea inicial era DORMIR. Quizá por eso, cuando esta mañana ha sonado el despertador a las siete y cuarto, lo he dejado sonar una y otra vez, y cuando he conseguido poner el pie en el suelo ya era media hora más tarde de lo habitual. (Tampoco sé de qué me sorprendo, debería haberlo previsto antes).

El resto de la mañana ha seguido casi sin contratiempos, porque aunque la batería de mi Ipod estaba gastada y a mi tarjeta bus no le quedaba carga, son cosas que ya estaba imaginando que pasarían. Al menos no he perdido las llaves del despacho ni me he equivocado de autobús, cosa que teniendo en cuenta que caminaba con los ojos casi cerrados, no me hubiera extrañado nada.

El trabajo no se me ha hecho tan duro como yo creía, aunque es cierto que me he pasado la mañana envuelta en papeles intentando poner en orden mis ideas y apuntando cada cosa para que nada se me olvide a lo largo de la semana. No está nada mal para ser el primer día, sobre todo si contamos que anoche no me veía capaz de saber llegar yo sola hasta la calle Cádiz. (Demasiados días sin actividad cerebral, creo que hasta he notado un temblor extraño cuando mi cabeza se ha puesto en marcha) La tarde se prevé tranquila, y me queda un rato de siesta por delante, entre otras cosas, porque mi jefa es mi madre y me ha facilitado la vuelta procurando que sea “escalonada”, algo así como lo que propone cada año la DGT para evitar accidentes en la operación salida (en este caso la de retorno) sobre todo por aquello de ir empezando poco a poco para no caer en ese pozo post-vacacional del que tan sólo el prozac puede sacarte.