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Cuesta meter unas vacaciones enteras en una maleta, y es que lo que traía su sitio y su lugar cuando comenzamos el viaje, ahora por alguna extraña razón no cabe en el hueco que tuvo reservado en el trayecto de ida. No sé si es que las intensas ganas por salir corriendo te ayudan a que la ropa encoja, acurrucándose en los rincones del equipaje, y ahora la pereza por marcharse expande los tamaños haciendo casi imposible el cierre de las cremalleras.

Esta vez la vuelta no es triste, porque todavía nos queda una semana de fiesta antes de reincorporarnos a la rutina diaria, pero saber que el día se acerca cae como nosotros como una losa de piedra, anunciando el fin de los días perfectos que hemos vivido. No se si duele más el tener que madrugar cada mañana, el renunciar a la libertad de hacer lo que nos dé la gana, o el tener que separarnos durante tantas horas al día, ahora que nos habíamos acostumbrado una vez más a compartir cada momento vivido.

Aprovecharemos al máximo los días que nos quedan exprimiendo los segundos para hacerlos años, y sin pensar que a la vuelta de la esquina nos espera impaciente nuestra vida, para durante un año más, poder alimentar la esperanza, e irremediablemente soñar cada noche con nuestro próximo viaje.

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