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Lo recuerdo ya muy lejano, aunque no se si es por el tiempo o por la distancia. El tranquilo sonido del silencio.

Sentada en un sillón blanco, al aire libre, serán poco más de las diez de la mañana, y Carlos todavía duerme. A mi alrededor tan sólo tengo árboles y palmeras, y escucho silbar el viento que por las mañanas siempre acecha. Un grillo canta despistado entre la tierra, y un poco más lejos escucho los lentos pasos de uno de los caballos que tenemos cerca, que pasea tranquilo mientras se da un gran festín como desayuno.

Poco a poco los alrededores también van despertando, y se empiezan a escuchar las risas lejanas y algún chapuzón en una piscina. El motor de algún coche que pasa despistado, el sonido plástico de alguna pelota rebotando en la carretera, y el quejido lejano de la arena y de las olas que te piden que las acompañes, porque todavía están muy solas.

Carlos se despierta, y escucho el chirriar de la puerta mal engrasada. Y con su beso de buenos días, y el olor a tostadas recien hechas que ya inunda todo el jardín, consigo sonreir y terminar de despertarme.

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