Skip navigation

Monthly Archives: agosto 2008

Cuando termino un libro, siempre pienso en cómo me he imaginado los personajes, las situaciones, los gestos, las miradas, y me asaltan dudas sobre cómo lo imaginarán los demás. Esto normalmente queda aclarado cuando del libro hacen la película, y la mayoría de las veces, me asombro de la imaginación tan privilegiada que tengo, ya que exceptuando unas pocas ocasiones, me decepcionan las imágenes que veo en la pantalla gigante, recordando con nostalgia las que yo imaginé al navegar entusiasmada por las páginas de la historia.

El otro día, en los trailers de una poco recomendable película que fuimos a ver en un cine de Cádiz, ví que uno de mis libros favoritos se ha reconvertido en película, y en los pocos segundos en los que pude observar el anuncio, las imágenes superaban con creces todo lo que yo al leerlo pude recrear en mi cabeza. Tal vez por eso, mientras me mantengo a la espera del estreno que no llegará hasta diciembre, esta misma tarde me he comprado la segunda parte y la tercera, a falta de comprar la cuarta para completar la saga. Y es que, aunque seguramente la película finalmente se quede “corta”, poco importa, porque la historia, continúa.

Anuncios

Cuesta meter unas vacaciones enteras en una maleta, y es que lo que traía su sitio y su lugar cuando comenzamos el viaje, ahora por alguna extraña razón no cabe en el hueco que tuvo reservado en el trayecto de ida. No sé si es que las intensas ganas por salir corriendo te ayudan a que la ropa encoja, acurrucándose en los rincones del equipaje, y ahora la pereza por marcharse expande los tamaños haciendo casi imposible el cierre de las cremalleras.

Esta vez la vuelta no es triste, porque todavía nos queda una semana de fiesta antes de reincorporarnos a la rutina diaria, pero saber que el día se acerca cae como nosotros como una losa de piedra, anunciando el fin de los días perfectos que hemos vivido. No se si duele más el tener que madrugar cada mañana, el renunciar a la libertad de hacer lo que nos dé la gana, o el tener que separarnos durante tantas horas al día, ahora que nos habíamos acostumbrado una vez más a compartir cada momento vivido.

Aprovecharemos al máximo los días que nos quedan exprimiendo los segundos para hacerlos años, y sin pensar que a la vuelta de la esquina nos espera impaciente nuestra vida, para durante un año más, poder alimentar la esperanza, e irremediablemente soñar cada noche con nuestro próximo viaje.

Cae al otro lado de la persiana el sol de media tarde, mientras todavía el sopor me acompaña, fruto de una siesta demasiado larga y de las pastillas para el resfriado que me ayudan a prolongar mi tiempo de letargo. Me pesan los párpados y me duele la garganta, y esta vez no es fruto de gritarle al mundo que soy libre de gritar si me hace falta.

Todavía cantan los pájaros al compás del viento, y es que tras la lluvia que ayer inundó las calles, hoy el cielo azul nos saluda entre las nubes blancas.

Miro al exterior con miradas ya monótonas y descubro el mismo paisaje que ayer me maravillaba, algo dentro de mí me susurra al oído que hemos pasado el punto de no retorno, y que va llegando la hora de empezar a pensar en volver a casa.

Quizá sea fruto de la somnolencia que me provoca este inoportuno constipado, o quizá el mal tiempo que nos ha acompañado durante la última semana lo que me hace añorar por fin mi cama. Tal vez sea que me falta espacio, y que tras veintitrés noches fuera de casa echo de menos las cuatro paredes que tan pequeñas me parecían hace poco más de tres semanas.

Así que por primera vez desde que arranqué el coche para decir adiós a la rutina, miro con una sonrisa la maleta, a sabiendas que dentro de 48 horas, volveré a girar la llave de mi puerta blindada, y por fin estaré en mi casa.

Pasé página tras página, y no paré ni un segundo para mirar atrás, las letras se consumieron bajo mi atenta mirada, y la historia poco a poco cobró vida entre mis manos. Crecí con cada palabra, con cada línea perfectamente medida, y fui adentrándome en cada capítulo como si no existiese más mundo que el que tenía ante mis ojos.

Cerca, se escucha el zumbido ininterrumpido de la vida que me rodea, y el silencio que tan sólo se rompe con el ligero aleteo de las páginas al pasar de una a otra. Uno tras otro, libro tan libro, he consumido mis días devorando vorazmente todo lo que encontraba a mi alcance, sumergiéndome en los más fabulosos relatos que me han acompañado en todo momento.

Cinco, seis, siete, quizá ocho, no se donde estará el fin de esta aventura literaria, pero presiento cuánto la voy a echar de menos cuando el reloj se me eche encima, y me reencuentre con el libro que se quedó a medias, lamentablemente olvidado junto a mi cama en la mesilla, y con sus grandes letras serias me mire con reproche.

Lo recuerdo ya muy lejano, aunque no se si es por el tiempo o por la distancia. El tranquilo sonido del silencio.

Sentada en un sillón blanco, al aire libre, serán poco más de las diez de la mañana, y Carlos todavía duerme. A mi alrededor tan sólo tengo árboles y palmeras, y escucho silbar el viento que por las mañanas siempre acecha. Un grillo canta despistado entre la tierra, y un poco más lejos escucho los lentos pasos de uno de los caballos que tenemos cerca, que pasea tranquilo mientras se da un gran festín como desayuno.

Poco a poco los alrededores también van despertando, y se empiezan a escuchar las risas lejanas y algún chapuzón en una piscina. El motor de algún coche que pasa despistado, el sonido plástico de alguna pelota rebotando en la carretera, y el quejido lejano de la arena y de las olas que te piden que las acompañes, porque todavía están muy solas.

Carlos se despierta, y escucho el chirriar de la puerta mal engrasada. Y con su beso de buenos días, y el olor a tostadas recien hechas que ya inunda todo el jardín, consigo sonreir y terminar de despertarme.

Así Soy Yo (I)

De mente dispersa y desordenada, procuro mantener siempre el orden en todo lo que me rodea para no perder el control en mi caótica existencia. Amante de las listas, de las agendas, de las líneas rectas, de algunos números impares,  de la música y de la simetría. Absolutamente maniática, con excentricidades poco comunes entre las personas cuerdas, entusiasta de la puntualidad, de los relojes, de los triángulos rectángulos, de las armonías de colores y de las proporciones perfectas.

Adoro los restaurantes caros, los hoteles de al menos cuatro estrellas, el cielo cuando es de noche y las playas desiertas. Me encantan los bocadillos, la comida basura, las patatas fritas con mostaza y soy adicta a la Coca-Cola, aunque me gusta más la Pepsi. Me gusta comer viendo la tele, y siempre tengo hambre, aunque esto últimamente ha cambiado, y mi propio estómago me ha hecho poner freno a tantos excesos.

Siento vértigo con las alturas, y con las montañas rusas, tengo miedo a muchísimas cosas, entre ellas a pasear sola por la calle cuando las farolas ya están encendidas y las tiendas han cerrado. Me encantan los coches, y conducir por la ciudad, y siempre que voy al volante llevo la música puesta, a la vez que canto cada una de las canciones.

Me encanta dilatar los momentos importantes, para aumentar la impaciencia que te mantiene el nivel alto de adrenalina. Me encanta recibir cartas, e-mails en su defecto, pero ya prácticamente nadie se molesta en escribir.

Me gustan las cuentas claras, y nunca he estado en números rojos,  siempre quiero más de lo que tengo, siempre busco el lado bueno de las cosas, creo que todo ocurre por alguna razón y rara vez me enfado sin motivos, aunque cuando lo hago la furia me consume por dentro como un incendio, que se extiende con el viento y a los diez minutos se me pasa y me corroe el cargo de conciencia.

Así, y de mil formas más, soy yo.

He pasado el día en el fondo del océano, observando la luz atravesar el agua, entre arrecifes de coral y tiburones. He pasado el día recorriendo el mundo submarino, y observando desde el cristal cada uno de sus rincones más profundos. Y he soñado que algún día, los kilómetros me llevarán a ver cada uno de ellos sin mediar fronteras.

Por la noche he vivido la intensidad de Mestalla, y he sentido estallar de furia a la grada cada vez que un gol conseguía batir la portería. He escuchado los gritos de aliento, y los cánticos de los Yomus, que no han parado ni un segundo. He aprendido que remontar no es imposible, y he observado el contraste del ánimo entre el ganador y el vencido, con las esperanzas puestas ya en el siguiente partido. Y he soñado, que algún día en La Romareda pueda llegar a vivir una afición tan intensa y tan incondicional como esta.

Hoy sigo mi viaje, buscando un nuevo destino. Hoy rebusco en el fondo de los bolsillos a ver si encuentro una razón para no tener que volver tan pronto al día a día. Hoy me pierdo en la imaginación y en la alegría, y recuerdo que todavía queda tiempo, todavía quedan segundos para disfrutar de la buena vida.

Te miro a través de mi cámara, y me deslumbras, tan alto, tan desafiante, tan cegador… así que me siento a observarte con los ojos entrecerrados, mientras tu furia transforma el azul en amarillo, y tú te bañas entre colores rojos y naranjas mientras intentas esconderte bajo el horizonte. Bajas la mirada, y acaricias el agua, que se tiñe de arco-iris mientras alivia tu calor sofocante, y un escalofrío recorre mi espalda mientras te hundes en el océano. Tan sólo se escucha el entrechocar de las olas contra las rocas, y el sonido de cada fotografía que inmortaliza tus reflejos dorados. Y desapareces, y se va fundiendo el color del cielo, hasta convertirse en un añil extraño, casi morado, casi negro. Y la oscuridad me envuelve mientras el silbido del ocaso desaparece, y dejas paso a la luna, que aguardaba paciente para poder volver a pasearse, y convertirse en la reina de la noche.

Me muevo con desgana por el ecuador del mes de agosto, entre la mitad de las vacaciones disfrutadas y las que todavía me quedan por vivir, con la ligera tristeza de mirar hacia Cádiz con nostalgia, porque no se qué tiene esa tierra que me engancha, aunque intentando mirar hacia delante porque todavía nos queda mucha carretera por la que viajar antes de volver a casa, y poco a poco nuestro 206 recorre la costa lentamente, parando cada día en un lugar distinto, para no notar que me acerco de nuevo a Zaragoza.

Si ahora miro a través del cristal de mi ventana, veo el mar Mediterráneo, besando suavemente la arena de las playas de Almería. Si miro a través del tiempo, veo que los segundos se me van escapando de entre las manos, y me gustaría poder detenerlos por un instante, para conseguir eternizar estos días de ocio que tanta falta me hacían y que se pierden a una velocidad vertiginosa…

Y mientras tanto, pensando en todo lo que me llama para que vuelva a casa, busco entre las páginas el resultado de la lotería primitiva de la semana pasada, porque quizá con suerte, pueda alargar los días de calma indifinidamente… aunque como no cuento demasiado con eso, confío en que a mi vuelta, como cada año, consiga que merezcan la pena los 11 meses de sueños, que quedarán por delante hasta las próximas vacaciones.

Han pasado dos años. Dos años desde aquel día mágico en el que prácticamente nada nos faltaba. Todavía recuerdo cómo desperté a tu lado, y desayunamos juntos viendo nuestra serie favorita. Todavía recuerdo cómo nos despedimos hasta la tarde, y esas horas sin verte se hicieron eternas. Han pasado dos años, pero los recuerdos se mantienen frescos en mi memoria.

Creo que nunca hemos reído tanto como aquel día, recuerdo que por la noche la mandíbula se quejaba por tanta sonrisa. Sé que no faltaba nadie, y que lo celebramos con todas nuestras ilusiones, quizá por eso es tan especial el recuerdo. Sé que no hacía falta, y que lo hicimos porque nos dió la gana. Sé que no cambió mi forma de quererte, porque desde el primer momento te quiero más cada día, y ningún papel es necesario para recordarme que quiero seguir queriéndote el resto de mi vida.

Y realmente fue un día idílico… recuerdo las caras de alegría entre la gente, y cómo te brillaban los ojos a causa de la felicidad. Recuerdo que el viento casi nos llevaba, y que nos daba lo mismo. Me acuerdo de cómo vivimos el día entero con la intensidad de saber que nunca iba a repetirse nada igual, y sin esfuerzo ninguno puedo rememorar las notas de cada canción que sonaba, desde el principio hasta el final. Fue un día de locura, un día vertiginoso que pasó ante nuestros ojos más deprisa que nunca… pero que quedará en nuestra memoria para siempre.

Feliz Aniversario.