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Medio arropada, sin calor ni frío, siento una respiración acompasada en mi nuca, y por las rendijas de la persiana mal cerrada escucho llegar el sonido del despertar de la ciudad. Me desperezo en la cama, el despertador todavía no ha sonado, y el recuerdo de un sueño maravilloso me obliga a levantarme con una gran sonrisa.
Recorro el pasillo en silencio, el olor a limpio permanece en toda la casa, la silla cruje un poco al sentarme, y el zumbido sinuoso del ordenador me acompaña en mi recién estrenada mañana. La luz me hace cerrar los ojos durante un segundo, pero enseguida me acostumbro a ella y la pantalla me devuelve el saludo desde algún lugar desconocido.
Y las teclas se deslizan por mis dedos sin yo buscarlas, y la sensación de bienestar aumenta con cada palabra, y estoy descansada, relajada y tranquila, sensación que hace semanas que perdí y que pensé que tal vez no volvería a recuperar. Todavía es temprano, hoy no son necesarias las prisas, ni mirar el reloj cada dos minutos, y mientras el agua tibia cae sobre mis hombros, recuerdo que ya es viernes, que el día comienza contigo, y que yo soy muy feliz.

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