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Monthly Archives: julio 2008

He soñado que el reloj se paraba, y tú a mi lado pasabas toda una vida. He soñado que existías y que al pensarte suavemente tu boca me llamaba. Te he sentido en cada mirada perdida que al cielo llegaba, y la luna me devolvía tu sonrisa reflejada en el agua. Y he despertado de mi sueño en el momento en que te acercabas.

He soñado que día a día me recordabas, y que me buscabas entre la niebla sin alcanzarme. He soñado que mis letras acariciabas con paciente calma, y bajo el sol lograba sentir el aterciopelado tacto de tu añoranza. Te he sentido en cada gota de agua que en mi piel resbalaba, y el mar me devolvía el reflejo de tus pensamientos. He despertado de mi sueño cuando tú llamabas.

He soñado que cada mañana tan sólo el silencio llenaba mis páginas, y tú podías leer cada palabra no escrita. He soñado que volveré algún día, y al despertar… tú ya no estabas.

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El tiempo va pasando, y no se si va o si viene, pero el día uno de agosto se lo está tomando con mucha paciencia y parece que nunca llega. El frenético ritmo de estos últimos momentos, en los que hay que dejar todo zanjado, los trabajos terminados y todo en orden, te ayuda a desear más si cabe que llegue el momento de cerrar la puerta, y decirle adios a todo por unos días.

Tengo ganas de marcharme, de desconectar el terrible teléfono móvil que siempre suena cuando no debe, de olvidarme de los despertadores y de los horarios, del calor sofocante de Zaragoza, de los autobuses, de las prisas y de todo lo demás.

Pero entre líneas, se escapa la nostalgia por los momentos que me perderé estando lejos, por las palabras que se esconderán en mi memoria, por las que se quedarán sin escribir, por cada uno de los instantes en los que no encontraré una sonrisa entre las letras, y al calor del sol de verano sofocado por el viento de levante, no olvidaré que una parte de mi alma, se queda aquí.

Hoy he visto el sol ponerse tras una gota de agua, mientras tu silueta al infinito miraba, y tu cámara conseguía hacer magia. Hoy he visto a tu lado millones de cascadas, y sin soltarme de tu mano he conseguido subir a las montañas más altas. He pisado nieve, he visto escarcha, te he visto aparecer tras una cortina de humo en algún lugar de África, hemos navegado juntos en ríos de luces, y he visto como a contraluz me mirabas.

Hoy he sentido el sol ponerse, y el aire desesperado al oído me cantaba, mientras tus brazos de su fuerza me protegían. Hoy a tu lado he sentido que el mundo queda pequeño, y que no existe nada más grande que lo nuestro. He vivido inviernos, me he quemado acariciando el verano, te he visto jugar con las hojas del otoño, observar crecer las flores durante la primavera, y mientras, bajo la luz, me sonreías, y el resto del universo no importaba.

Como una playa de arena blanca y aguas cristalinas asolada por un tsunami, desolada me encuentro ante esta página en blanco, y me duele por dentro el pensar que por un instante creí haberte perdido. El caos y la desesperación se adueñaron de mi mente, cuando vagaba sin rumbo por las calles vacías buscando tu rastro, pero se había evaporado al calor del verano, y un manantial de lágrimas no me dejaba observar tus huellas.

Esperé desesperada, como quien espera un imposible, y susurré entre supiros que volvieras. El mundo se derrumbó ante mis ojos, y por más que grité nadie contestaba a mis súplicas… y cada segundo era una hora, y cada minuto un día, y casi un año completo se me antojó la hora entera que pasé lejos de ti, y acurrucada en el suelo, al cobijo de las sombras, esperé frente a la puerta soñando que ya volvías, desde la ventana observé la calle desierta esperando a que llegaras, y cada momento más me dolía, y mi mente a cada vuelta te pensaba, y mi alma iba tornándose invisible casi transparente, porque el calor que me dejaste se iba evaporando a cada paso que de mí te alejaba…

Y se abrió la puerta, y allí estabas. Y tus ojos me dijeron más de mil palabras. Tus brazos me devolvieron el aire que me faltaba, mientras el temblor de mi cuerpo lentamente desaparecía, y se calmaba. Y un lo siento y un te quiero saben a poco cuando prefiero saborear cada instante a tu lado, al silencio de nuestros corazones latiendo al unísono, al silencio del vacío en el que juntos vivimos.

Quiero mirarte, y poder observar dentro de ti

Quiero sacarte de la oscuridad, para que veas la luz

Quiero saber dónde está el límite

Quiero saber si no debería escribirte

Quiero pensar que me lees cada noche

Con la luz de madrugada, antes de dormir.

Quiero creer que no existe nada más que esta sonata

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Moonlight Sonata (Adaggio) – Beethoven

Dando vueltas a la idea de la amistad, intentando sentir por qué importa, queriendo saber cómo se encuentra, buscando la diferencia entre un amigo y el que no lo es, muchas horas he perdido intentando descifrar semejante enigma. La amistad es la relación más simple y a la vez más compleja, más incluso que el amor. El amor existe, o no existe, amas, o sientes odio, o indiferencia, el amor es todo o nada, no puede llamarse amor algo que lo sea a medio gas, pero la amistad es tan difícil de explicar…

Un amigo es con quien buscas compartir cada uno de los momentos importantes, y cada uno de los instantes que no tienen ninguna importancia pero que te hacen sonreir. Un amigo estará a tu lado cuando caigan tus lágrimas, y le llames a la hora que le llames te contestará con una sonrisa porque con ver que eres tú quien llama es suficiente. Y quizá los silencios sean más importantes que las palabras, y puede que no siempre te guste lo que él te dice, pero sabes que nunca te deseará ningún mal y que tan sólo busca lo que cree mejor para ti.

A veces, no los valoramos lo suficiente, hasta que no nos faltan. A veces, pasan semanas sin cruzar palabra. Alguna vez deseas perderle de vista, y en cuanto respiras hondo se te pasa. Los extrañas cuando están de vacaciones, y cuando te apetece hablar con ellos y no los encuentras. Sientes felicidad cuando tus amigos sonríen, y un abrazo sincero te devuelve la vida cuando creías haberla perdido.

Y tras muchos giros inesperados, y tras años buscando respuestas, tan sólo puedo decir que para mi un amigo no es la persona que mejor conoce tu vida, sino quien inevitablemente forma parte de ella.

Por fin es viernes, y una sensación de tranquilidad me embarga por dentro. Por fin es viernes, y el fin de semana se presenta con una sonrisa, y la promesa de vivir 46 horas seguidas a tu lado me parece más que suficiente para esperar con anhelo a que llegue la mañana, y sentir cómo me envuelves con tus brazos para que yo pueda descansar. Y se marcharán los miedos, y las pesadillas, lograré recuperar el sueño perdido, y nuestras miradas se encontrarán al despertar contando en silencio todos los minutos que nos quedan para estar juntos.

Por fin es viernes, y nos queda la promesa de más de cuatro semanas perfectas. Por eso hoy la esperanza puede con el desasosiego, y te espero creyendo que en un momento volverás a casa, y que todas las noches que perdimos, quedarán tan sólo en el olvido.

Pasamos por la vida con prisas, con los ojos cerrados, nos comunicamos a través de ordenadores y de teléfonos móviles, sin apenas darnos cuenta de que quien contesta no es la propia máquina. Caminamos entre personas semejantes a nosotros, sin siquiera mirarnos las caras, y cuando necesitamos ayuda no recordamos cómo pedirla.

Ya no existen las largas conversaciones mantenidas bajo las estrellas en las que lo de menos eran las palabras, ni los abrazos que mantienen el calor cuando la desesperanza te enfría el alma…

Pero de vez en cuando, casi sin buscarlo, con un despiste tropiezas con el lado humano de la tecnología, y sin saber muy bien cómo encuentras el consuelo que creías haber perdido, comprendiendo que a veces sienta mejor compartir media sonrisa que tener una carcajada entera para ti solo, y levantas la mirada, y observas que a tu alrededor hay algo más que autómatas, y que todas esas personas que de repente importan, aparecen cuando menos te lo esperas, cuando más les necesitas, y cuando quieres darte cuenta, ya forman parte indivisible de ti.

A tod@s vosotr@s, gracias por leerme, y por estar siempre ahí.

Te veo desaparecer por la escalera, y cierro la puerta, que pesa más que habitualmente. Te marchas, y a mi vida llega la noche. Recuerdo tu mirada, tu sonrisa, y tu voz diciendo adios, y voy contando las horas que faltan para que me despiertes con un beso cuando llegue el alba.

La casa está tan sóla cuando tú no estás en ella… y yo me siento poca cosa para tanto espacio, y me acurruco en un rincón del sofá, guardando tu sitio como si fueras a ocuparlo en un momento. Sé que volverás mañana, y que dentro de unos días cada segundo será nuestro, y estaremos siempre juntos. Sé que te duele cada noche, y a mi me duele cada minuto que pasas lejos de mi en el infierno, siento en mi cuerpo el calor que te rodea y me quema intensamente, y con calma espero pacientemente el día en que no sea necesario tanto esfuerzo, y por fin podamos vivir sintiendo tan sólo el frío.

Ha pasado un sólo instante y se me ha hecho eterno. No se si aguantaré las horas restantes, el tiempo pasa tan lento cuando no estás a mi lado… te busco en cada habitación, pero ni escucho tu teclear pausado, ni te escucho alzar la voz llamándome para que me acerque a ti. Observo con cuidado tus fotografías, y siento que estás un poco más cerca; pero hoy nadie se acercará a arroparme, ni me rozará los labios para desearme un buen descanso. Tal vez por eso, el sueño no me alcanza, y silencioso ronda por la casa mientras te espero…

Pero no quiero acostumbrarme, ni dejar de sentir este miedo que me envuelve cuando tienes que marcharte. Prefiero abrazar la almohada, soñando que estás conmigo. Prefiero cuando no estás sentir este vacío. Prefiero cada mañana despertarme con tus besos, y sentir cómo mi corazón recupera su ritmo cuando te acercas. Quiero saber que me faltas, cuando no estás a mi lado. Quiero seguir sintiendo mi alma vibrar cuando me miras… quiero sentirte aqui siempre, esperando impaciente tu regreso día tras día.

Estoy en un claro de un bosque, no se ni cuando ni dónde, pero por el color que puedo ver en las hojas de los árboles juraría que está comenzando el otoño. Varias mesas nos rodean sin una composición lógica, y varias personas pasean entre ellas con paso apresurado. Sobre nosotros el cielo, y una carpa de lona blanca, y otra vez el cielo. No se si hace calor o frío, pero es de noche. Aunque no hay luz eléctrica todo se ve bien iluminado, y las antorchas brillan con destellos rojos a nuestro alrededor. Reconozco varias caras conocidas, aunque no veo a nadie a quien me apetezca acercarme. Te observo llegar a lo lejos, caminando sin prisa y mirando al vacío. Intento buscar tu mirada, pero pasas a mi lado sin verme siquiera. De repente caigo al vacío y todo cambia, paredes, ventanas, espacios cerrados. El sonido de Sarabande, de la Suite 4 en Re menor de Haendel sustituye al silbido que el viento dejaba escapar a su paso entre las ramas más bajas. Tengo frío, y mis ojos recorren cada rincón intentando encontrarte. Doy vueltas por el gran salón, con la esperanza de hallar una salida, pero no lo consigo. La luz se ha vuelto amarilla, la gente habla y ríe sin mirar alrededor, y puedo sentir el vacío que todos ellos llevan dentro.

Siento tu mano en mi hombro, y bailamos juntos al ritmo de esta preciosa melodía, tan melancólica que te arrastra con ella hasta lugares que nunca imaginaste llegar a conocer. Y sé que todos nos miran, y nos envidian al comprender que somos mucho más que dos figuras independientes que se unen para interpretar esta pieza de danza, que nuestras miradas se han fundido la una con la otra y no dejan espacio para nadie más.

Y caen las paredes, y ya no hay mesas, y tú no estás, y yo estoy sola, y caen los árboles, y la luz del sol se arrastra lentamente hasta que me ilumina, y ya no siento frío, y el pánico se adueña de mi, y caigo, y arrastro conmigo la desesperanza hasta el fondo, y grito, y grito, y grito… y me despierto.