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De vez en cuando, cuando estás acostumbrado a vivir la vida al máximo, cuando la palabra imposible no entra en tu vocabulario, cuando el límite entre la locura y la cordura está tan próximo que no logras distinguirlos, el gas se acaba, y por mucho que buscas en la baraja, no quedan comodines que gastar para poder seguir jugando. En esas ocasiones, el bajón es tan grande que la cabeza te da vueltas y sientes en el estómago la sensación de vértigo que da al levantar la vista y ver que la cuerda floja estaba más alta de lo que recordabas, y más tensa de lo que te gustaría. El pulso se acelera, la respiración se entrecorta, los ojos protestan enrojecidos por la intrusión de las lágrimas. Las manos tiemblan, la mandíbula se fuerza, se confunde la pena con la ira, y el dolor con el miedo. Entonces, es cuando te asomas a la ventana, y ves que las cosas desde arriba tienen otra perspectiva, por lo que al ritmo incesante de tu música preferida, decides que merece la pena volver a estar en la cima. Y en ese preciso instante, llega la calma, una sonrisa traviesa aparece para recordarte que puedes mantenerte en equilibrio el tiempo suficiente para recuperar fuerzas antes de volver a caer, y que merece la pena levantarte una vez más.

Bad Day (Daniel Powter)

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