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Pensó de madrugada en las cosas que con el tiempo se perdieron, y recordó las cartas que ella misma recibía y contestaba con la impaciencia de quien no es capaz de saborear la espera con esa calma necesaria para alargar la dulce sensación de emoción que te embarga sólo de pensar en cada palabra que compartirás más tarde. Rebuscó entre los papeles de su memoria, escribiendo en el viento con tinta invisible un párrafo inolvidable de una misiva que jamás recibió nadie.

“Es en algunos momentos de ausencia cuando más echo de menos la falta de tus palabras y tu forma de ignorarme. Es cuando mi ventana no muestra más que una noche cerrada cuando más añoro tus silencios y tu indiferencia.

Cómo no me dejas ir, si no me apresas; si las cuerdas que me atan a ti las anudé yo misma. Cómo no levanto el vuelo si nunca jamás acariciaste mis alas. Cómo es posible que cada vez que determino empezar a odiarte aparezcas a mi lado y una sonrisa borre de un plumazo todos mis esfuerzos por no recordarte…

No me escribas, no me importa. Escríbeme, yo te espero. No escribas, no, que una carta me atará aún más a ti y eso no quiero. Escribe, que necesito un poco de tu aire, o muero.”

Y borrando la pizarra de las horas de insomnio, se durmió pensando que su carta se enviaba en un sobre de ilusiones, y que él, pues, la leía, y lloró por la certeza de creer que jamás le ofrecería respuesta alguna.

Desperté temprano, echándote en falta; en uno de esos días en los que el viento me llama a través de las persianas cerradas susurrando que el día asoma tímido por la ventana y que viene cargado del invierno que tanto nos gusta.

Esperé tu llegada, como quien espera la mañana de Reyes, con la ilusión de perderme entre tus brazos y sentirme en casa.

Todos me dicen que el enamoramiento se pasa, que el amor se acaba; pero yo, tras casi media vida no conozco todavía la desidia, y te sigo queriendo, no como siempre, ni más ni menos: diferente.

Te quiero porque quiero quererte, desde la independencia, desde la madurez que me ha aportado la vida. No quiero un amor necesitado, ni indivisible. Quiero seguir formando parte de un sueño que voluntariamente se lanza a la locura. No quiero hacerte falta, ser necesaria. No quiero frases absurdas, las que escupen los poetas diciendo que sin ti la vida no tiene sentido, pues busco que aún con una vida plena decidas que es tan grata mi compañía que quieres caminar a mi lado el resto de tus días. Quiero quererte, no por imposiciones románticas ni por el pulso de un corazón que me obligue a sentirme sometida al influjo de tu sombra; quiero perderme en el bosque para ver asomar el sol entre los árboles y disfrutarlo aunque no estés conmigo, y volver a casa deseando contarte este amanecer tal y como  ha sido.

Quiero que entre los dos, sumemos tres vidas; la nuestra, la tuya, la mía. Quiero tener amigos propios, experiencias únicas que contarte, guardar un rincón en mi mente que no conozca nadie. Nadar en la certeza,  saber que podemos  flirtear con desconocidos sin perder nuestra confianza, tener tu boca a un suspiro de distancia y no poder evitar besarla.

Quiero un amor libre, que las ataduras con el tiempo siempre rozan. Un amor que no apriete, porque al final ahoga. Un amor loco, intenso, como es el nuestro; lleno de carcajadas, de pasión, de desacuerdos. Te quiero a mi lado, voluntario, sincero; en esta vida edificada a base de presentes y de vivencias y de incoherencias y de recuerdos.

Hoy me he despertado a una hora cualquiera, en mi cama de siempre, como si hoy fuese un día corriente.

Después he subido tres montañas, me he tumbado en una nube salpicada de estrellas, he buceado en las profundidades de la Tierra. He luchado con dragones, he vencido a las tinieblas; he cambiado mis palabras por espadas de madera. He tomado decisiones que darán la vuelta al mundo, he sufrido decepciones, he despertado de golpe, pero soy fuerte guerrera y nunca jamás me hundo; he visto que quien te ignora no merece ni un segundo. Y así continúa mi vida, entre hojas secas y arcoiris, buscando que cada día cuente, que cada segundo inerte cobre vida entre mis letras, y alcanzando así las metas volveré al hogar de siempre, que en un día como este, acogedor me aguarda entre el silencio y el ruido; condenando a cada día tan igual, tan diferente, al más absoluto olvido. Un día cualquiera: yo, vivo.

Ahora que estoy lejos de casa, que pensaba estar muy sola pero he andado bien acompañada, me he dado cuenta que ultimamente, mi vida se ha llenado sin yo buscarlo, de muchas personas nuevas y mi vida (a)social se ha visto desbordada de un modo que no esperaba. Quien de verdad me conoce sabe que me cuesta mucho adaptarme a los cambios, sobre todo a la nueva gente que llega llega de repente y sin saber por qué: se queda.

Nunca he sido una chica de muchos amigos, pues creo que sólo hay que invertir tiempo en quien merece la pena, y precisamente aquí radica el motivo de mis cavilaciones. ¡Casi todos merecéis la pena! ¿Cómo alguien como yo se ha rodeado de tanta gente que ha conseguido la difícil tarea de ganar mi confianza?

Algunos sois como el viento, que va y viene a su antojo, sin preguntar cuántos árboles caídos dejó a su paso. Otros seréis un cometa, que se dejará ver por mi vida durante un instante para después mantenerse en su órbita y desaparecer en la penumbra dejando tan sólo un bonito recuerdo. Pero yo, al final, me quedo con quien se quede. Con quien me eche de menos, con quien me vaya buscando. Con quien me desee suerte en los momentos complicados y con sólo acordarse de mí sepa sacarme una sonrisa. Con quien te manda un whatsapp sólo para recordarte que te recuerda, o para contarte un pensamiento que no viene a cuento. Con los que se interesan por mi vida, por mi interior, por mis desbaratadas historias. Con los que se molestan en escribirme para no decir nada, o en leerme aunque sepan que no tengo nada nuevo que contar. Con quien saca tiempo de debajo de las piedras para decir buenos días y preguntar cómo te encuentras. Con quien camina conmigo cuando mi corazón explota. Con quien intuye mis lágrimas antes de que se desborden, con quien me abraza sin más, aunque en lugar de con el cuerpo sea con una frase. Con esas locas que arrastran a sus familias una vez al año para poder vernos y confesar delante de un mojito. Con las que sacrifican el sueño del lunes por nuestras cenas del domingo. Con los que madrugan para correr conmigo, o para compartir las carreras de mi niño. Con los que para acompañarme bajan su ritmo. Con quien soporta mis neuras y mis manías. Con quien comparte mis aficiones, canciones, sueños , libros y agonías.

No soy persona de grandes gestos, ni de colarme sin invitación en la vida de nadie… Así que desde este rincón invisible, os doy las gracias a todos por encontrarme.

Mi puente, entre mi niebla.

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Estos días, en los que siento que el tiempo se me echa encima y que ya es tarde para cambiar las cartas, me convierto en alguien que no soy, y mi perenne optimismo se eclipsa por el agobio de querer abarcarlo todo con una sola mano, mientras con la otra saludo a la vida que me espera pausada entre libro y libro.

Estas noches, en las que el insomnio, sin invitación alguna, hace acto de presencia; y mi cabeza en lugar de estar -como siempre- en las nubes, está en Valencia, me refugio de memoria en mi puente bonito, el puente de los suspiros, el que nunca me falla, el que siempre está ahí cuando hace falta.

En estos momentos, venero a la ventaja de tener una imaginación tan extraordinaria, pues sólo con cerrar los ojos escucho el crujir de tu madera bajo mis pasos y te noto áspero en mis manos. Puerta de evasión que me atrae y que me calma. Mi habitación del grito; mi silencio contenido, el poema de una vida que todavía no he vivido. Mi promesas de futuro, mi sonrisa del presente, el epicentro de un mundo que como la gravedad me llama, y me busca, y me espera.

Adiós mi puente bonito, escondido entre la niebla. Te diré adiós el domingo… espérame hasta que vuelva.

Soñaré que duermes a mi lado, ya que las noches se vuelven largas con tu ausencia, y la inquietud pone en alerta todos mis sentidos, que fehacientemente saben que nunca realmente has estado aquí conmigo. Haré oídos sordos a sus advertencias y seguiré dormida, pues siento cómo respiras en mi nuca, y cómo te enrollas en las cálidas sábanas dejando al descubierto mi cuerpo desnudo que sin pereza ninguna despierta junto al tuyo… Solo que en verdad ni duerme, ni despierta.

Qué irónico el destino, que vino a sacarme de mi vida dorada para clavarme un afilado puñal de indiferencia… Acaso la realidad no exista y el dolor se desvanezca cuando la quimera se funda bajo la luz del sol y se haga de día.

Distinguir lo real de fantasía, más ¿cómo? Si cada instante no sabré si vivo, o sueño. ¡Maldito arcoiris de inventos, que conviertes en inciertos cada uno de mis días!

La imaginación no es suficiente, pues lo que nació preciso y conveniente, se convirtió en un gigante desbocado que me envuelve ardiente y entregado al engaño más sincero, el de contarme una verdad que yo no quiero.

¡Ay!, noche de caos y de locura, sólo escribo sinsentidos consentidos, pues liberé ante un papel todo mi cuerpo y mi mente, y al ser palabras prohibidas taché en verde tantas de las frases que daban sentido a lo que no quiero compartir que, precisamente,  sólo salvaron estos retazos inconexos mecanografiados bajo mi censura en esta dimensión tan diferente de la que hasta ahora conocí.

Esta entrada ha sido eliminada por el autor, que finalmente decidió no arrepentirse de nada, ni modificar la respuesta que borró y nunca envió y que dio paso a este post, por lo que la historia, realmente nunca cambió; ni en el pasado cercano, ni en ninguna otra dimensión.

Es tiempo de cambios, tiempo de olvidos; que se acercan sigilosos susurrándome al oído que la paz ya se termina y que esta vida tranquila pronto se habrá convertido en el caos que, sin buscarlo, se instalará en mi día a día; sin permiso, sin dudarlo.

Momento de desajustes, era de transformaciones; que me abordan cautelosas entre miedos e ilusiones, diciendo que no hay razones para temer un futuro, que aunque se asoma inseguro; (pues viene sin instrucciones), no puede ser más incierto que el mañana que supones… que una vida entre algodones no siempre es un libro abierto.

Tiempo de incertidumbres, tiempo de dudas, tiempo de infiernos. Como escribió George R.R. Martin y repiten los Stark: Winter is coming. Se acerca el invierno.

Vuela libre, entre los vértigos que produce el querer caer en el abismo y el miedo que te impide saltar en el último instante. Siente el viento, que te arrastra hacia la inmensidad del mundo, y a golpes abre tus ventanas para que veas las desventuras que se esconden tras las cortinas que te aislan del resto del universo.

Arrójate desde el infinito, que el aire guiará el descenso planeando hacia tu destino, donde te espera impaciente el frío para abrigarte en los absurdos ocasos de verano, que arrastran el extremo para dar paso a una tibieza apática e incongruente

Lánzate hacia el precipicio, que un huracán de emociones se sublevará contigo; guiando a tu vendaval entre nubes y tormentas, del infierno en que te encuentras a la cima del vacío; donde tus miedos se enfrentan al temor desconocido de vivir dentro de un sueño, que dejó de ser pequeño para volar, y ha crecido.

Sobrevuela la utopía y los anhelos perdidos; que si tus alas se rompen, los ecos de tu viaje yacerán junto a los míos.

Aligeraré mis días entre mis letras, intercambiando la obligación de los libros de texto por la levedad de mis escritos; liberando de historias mi cabeza, que mecanografía en el aire la película de mi otra vida mientras yo me despierto, pienso, leo, corro, respiro, como, sueño, vivo, imagino y duermo.

Tacharé de gris oscuro cada frase, las que me delatan y me matan, las que me arrancan sonrisas ilícitas y sueños prohibidos mientras el día avanza entre los monótonos vaivenes de la existencia que se doblega ante la confortabilidad de esta calma, la que me regala grandes momentos de felicidad infinita y periódicos arrebatos de pasión contenida, atados con un lazo de seda de color plata.

Exageraré hasta la locura, porque qué tedioso sería ceñirse a narrar los hechos sin engrandecerlos, y usaré con cautela las peligrosas metáforas, pues respeto a Milan Kundera cuando asegura que con las metáforas no se juega; no sea que nazca de ellas un absurdo sentimiento que descomponga mis días y me obligue a soltar amarras en este barco que es mi vida.

¿Me contendré durante una hora, una semana, un año, un mes… o quizá explote sin más y me rebele de una vez? ¿Tú qué crees?