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Todo el vestuario se me queda corto, nada se estira lo suficiente para cubrir mi alma, mi corazón y mi mente en la forma necesaria, la que intenta conformarse con un mucho y cuando se queja siempre hay algo que la amordaza y la acalla.

Por qué todo el mundo tiene miedo de mirar la oscuridad de frente, de afrontar las verdades como vienen; de descifrar los enigmas que cierran las puertas del subconsciente. Por qué tapar lo que será si dejándolo crecer dolerá más.

Ya viví de fantasías, obvié las distancias, las fisuras, los problemas. Ya separé mis latidos en fila de a uno, para no llegar a escuchar el eco de sus voces que me pedía escapar descalza y sin abrigo, en pleno invierno.

Pero el corazón y la razón viven de las luchas diarias, en conflicto permanente, asegurando que no elijas de forma inteligente, sino que te dejes llevar por el influjo de un sentido que siempre crees que será suficiente. Y que cuando no lo sea te susurrará un “te lo advertí”, que llegará tarde, como siempre, de la forma más dura y más vehemente.

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Quién necesita realidad cuando puede vivir en el mundo de la ilusión y los sueños, en el que la verdad no existe y nunca importa. Un mundo en el que los absurdos comediantes recortan las piezas para que encaje el puzzle formando un cuadro abstracto sin sentido.

Quién necesita vivir en suelo firme, cuando se puede volar tan solo con la memoria. Cuando se puede viajar a mundos que se construirán con los cimientos de la imaginación que al poner en voz convertimos en palabras, dándole forma inconexa, incoherente e inexacta.

Quién necesita la manifiesta evidencia, cuando podemos fantasear con lo intangible. Creer que quizá el mañana existe. Pensar que todo es posible y que no importan las fronteras. Que los miedos desaparecerán solo por pedirlo, y que la historia fue cosa del pasado y ya no importa.

Pero todo cuenta, todo suma, todo implica, todo afecta.

Quién necesita evidencias, poder tocar la certeza, actuar con convicción… ¿Quién lo necesita?

Yo.

Y vives en medio del atronador sonido de una música incesante que machaca tus oídos sin parar día tras día y anula tus pensamientos sin dejarte ni un solo segundo de silencio, ni un compás desatendido, ni un solo respiro, y cuando estás al borde del colapso, chillando a voz en grito sin poder ser escuchada, la orquesta se para. Y cesan las notas. Y se encienden las luces. Y solo ves una habitación medio vacía en la que tan solo queda el eco del silencio, la desesperación más dulce y un tocadiscos que no gira.

Es entonces cuando los oxidados mecanismos de tu mente se ponen en marcha, engranando una idea con otra, y te asombras de la claridad con la que puedes escucharte sin siquiera abrir la boca.

Pues tocar la locura en la que viviste, rodear con tus dedos sus líneas bien definidas, llorar por el tiempo absurdo que viviste sorda y ciega sin percatarte de que tu música no solo minaba tu consciencia, sino que a todos los que se acercaban a ti les anulaba, sin que pudieran darse cuenta que en verdad les molestaba. No sé cómo pudiste convencerles de tararear la melodía, si estaba inacabada y desafiaba las leyes de la métrica a la vez que desafinaba.

Y por fin, desde el vacío, tarde pero firme resurge tu capacidad perdida de razonar, de calcular, de valorar, devolviéndote un poco de cordura y un mucho de realidad. Y llega tras la tormenta, la calma, la certeza, la desolación y la tristeza, en forma de libertad.

Por las noches me pierdo en mis reflexiones, en la noria de ilusiones perdidas y sentimientos. En la montaña rusa del fracaso. En el laberinto de decepciones personales, en los espejos que deforman mi futuro y mi presente.

Ay! Si tuviera un botón para apagar las emociones. Y si pudiera solo con cerrar los ojos hacer a todos felices. Si pudiera decir adiós a la nostalgia, a la agonía, a los miedos, a las pesadillas. Si pudiera vivir feliz de nuevo, respirar por completo. Si el corazón no latiera a contratiempo. Y si pudiera dormir durante meses, atada a una cama, aunque fuera atiborrada de pastillas.

Si tuviera capacidad para ver el mañana, y ver que todos sonreímos. Si tuviera valor para cambiar la historia y para pensar que no todos los finales son tristes. Si pudiera ayudar a todo el mundo, y comprar la felicidad que con los años se ha perdido. Si quisiera dejar de soñar despierta, conformarme con solo una vida, emprender un viaje y llegar a mi destino, y bajar del coche cuando la playa comienza, ante la inmensidad del mar que me susurra al oído que ya no soy. Que ya no duele. Que ya me he ido. Que ya no estoy.

Queridos Reyes Magos, necesito vuestra magia.

Este año quiero sonrisas, las suficientes para iluminar el mundo. Quiero tiempo, quiero vida. Quiero ser libre para ser yo misma, rodeada de luz y de alegría. Quiero besos, y abrazos, de los que se dan de corazón y con el alma, de esos que empiezan con un te quiero y que nunca terminan. Pido valentía, para afrontar con paso fuerte cada día. Pido salud, para poder disfrutar de Daniel y de toda mi familia. Quiero esperanza, y coraje, y tesón, y fortaleza, y quiero un hechizo especial que haga desaparecer mi inseguridad y mi cobardía. Quiero personas leales a mi lado, mis amigos de siempre, los que sé que se verdad me quieren, los que son para toda la vida. Pido que se pare el reloj durante los días de fiesta, y ya que me pongo a pedir, pido más horas de noche y más de siesta. Quiero despertar feliz cada mañana, y dormir cuando cae el sol bien caliente y arropada. Quiero que os llevéis las nubes que de vez en cuando me acompañan. Quiero una vida, llena de vida. Quiero un corazón fuerte, inquebrantable. Quiero un millón de emociones nuevas cada día, y que yo misma me sorprenda con mi propia osadía. Quiero un espejo mágico, un cajón desastre. Quiero música, quiero libros, quiero paz, sol, agua y aire.

Queridos Reyes Magos, sé que pido demasiado… Pero sed buenos conmigo, concededme este regalo.

Ven a mi mundo, ven si te atreves. Al mundo del caos, del ruido y de las ruinas. Un mundo diferente, donde nada es lo que parece; donde la prisa es quien te da la bienvenida, donde las cosas por hacer se amontonan en los rincones reduciendo tu espacio vital al mínimo. Vente conmigo, al lugar donde la culpa nada a sus anchas, invadiendo cada sonrisa, cada abrazo, cada lágrima, cada suspiro.

Ven a mi mundo, ciudad desmoronada, donde el terror reina ya sobre las cenizas que campan libremente cubriendo de sinsabores cada superficie. Ven, si te has ido, ven, o no vuelvas. Busca sabiamente una salida, una puerta a la libertad que aquí se halla extinguida y condenada, entre las cajas que ahora cobijan los restos del naufragio, entre las olas del mar que desde el infinito nos inunda y cuyo rumor nunca termina.

Abre la ventana; deja entrar el miedo, que ocupe libremente cada esquina de mi mente; sustituyendo el vacío por un vértigo innombrable, por un sentir que ya es tarde, por una vida perdida, por una esperanza gris, por un hoy puedo con todo, créetelo aunque sea mentira, pues en el planeta en el que mi mundo gira, los imposibles pelean incansables con las certezas, bailando en espirales medio deshechas.

Ven a mi mundo, ven, sé valiente. Adéntrate en la anarquía y la locura. Pregúntate cómo me mantengo entre hilos invisibles y entre ideas perdidas, haciendo malabares con los restos de cordura que aún me queda, escondida, agazapada, al fondo de un baúl, tras una caja, llena de fuegos, de colores, de ilusiones, de premuras, de agobios, de desórdenes, de figuras inconexas, de sumas y restas, de diarios, de secretos, de ideales y de letras.

Ven a mi mundo, ven si te atreves. El mundo que te atrapa, el que odias, el que quieres. Pues una vez entras en mi incoherencia, ya no regresas; quedas en ella hechizado y ya quizás nunca vuelvas.

Yo nunca quise volar, ni llegar a tocar el cielo. Yo siempre pensé que con la inercia bastaría. Yo nunca confié del todo, ni desconfié por completo. Yo siempre mantuve la esperanza. Yo nunca soñé con otras vidas. Yo siempre busqué formas entre las nubes. Nunca pensé que perdería la sonrisa. Siempre creí que la palabra siempre, era para toda la vida. Yo nunca llevo ropa con estampados de flores. Siempre me siento viva cuando sólo se escucha el silencio. Yo nunca entro en un bar si el camarero está fumando en la puerta. Yo siempre intento pasar desapercibida. Yo nunca pretendí hablar más de la cuenta. Yo siempre pensé que siempre me sentiría viva. Nunca quise hacer ningún daño. Siempre defendí el poder de la palabra y de la calma. Nunca aprendí de mis errores. Yo siempre necesito tener un reloj a mano. Yo nunca apuesto a números pares, excepto al 12. Yo siempre tengo una canción en la cabeza. Nunca comí caracoles. Siempre pensé que era indestructible. Yo nunca he querido hacer puenting, pero envidio a quien lo hace. Siempre quise tocar el piano, o la guitarra. Yo nunca pasé de inventar más allá de la tercera página. Yo siempre tuve un poco de egoísta y mucho de altruista. Nunca aprendí a hacer el pino. Yo siempre soy consciente de que el mañana puede no existir. Nunca ahorré lo suficiente. Siempre quise ser completamente feliz por encima de todo. Nunca entendí las cosas a medias. Yo siempre leo libros, y más libros. Yo nunca abro una puerta sin llamar. Siempre quise ser más alta. Nunca me gustó llegar tarde, ni llegar la primera. Siempre he puesto los deseos de los demás por delante de los míos. Nunca elijo una mesa en un restaurante sin haber valorado la posición de las demás. Siempre intento mirar el menú antes de entrar. Nunca me ha gustado mi pelo. Yo siempre he adorado tumbarme al sol, en los días de calor intenso. Yo nunca creo en los yo nuncas. Siempre he odiado las mentiras. Nunca he sabido jugar al mus. Yo siempre creí que triunfaría. Yo nunca me siento sola, me encanta estar conmigo. Yo siempre creo que tras cada bache hay una nueva ilusión, una nueva frase, un punto y seguido. Nunca le deseo a nadie nada malo, ni siquiera a quien se lo merece. Siempre me siento un poco incómoda cuando voy a un lugar nuevo. Nunca viajo sin cinturón de seguridad. Siempre le doy mil vueltas a las cosas. Nunca me gusta dejar nada en manos del azar. Yo siempre que doy un paso al frente, dejo de mirar atrás. Yo nunca podría vivir sin escribir. Ni sin cantar. Ni sin soñar

Yo siempre pienso que yo… nunca.

Te robé la vida. Llegué entre las sombras de la noche, las que me acechan y me ahogan, las que me atraen y me acompañan; las que me gritan que te deje volar.

Te regalé una vida. Llegué como el sol una mañana, llenándote de buenos días, de buenas noches, de sueños, de dulzura, de planes, de futuros.

Te robé la vida. Y te condené a susurros y a silencios; a un amor en el encierro, a un escondite perpetuo. A una espera que, desesperada, intenta romper las amarras a las que se encuentra encadenada.

Te regalé una vida. Diferente, llena de imprecisiones, de indecisiones, de momentos extraviados llenos de magia, de abrazos clandestinos, de miradas profundas, de dudas infinitas.

Te robé la vida. Y con ella, me llevé miles de besos. Siempre furtivos, siempre prohibidos, siempre atentos, siempre alerta, con el corazón encogido, con calma, con miedo, con el sinsabor de vivir sin saber cuándo volverán aquellas caricias que por el camino se perdieron.

Te regalé una vida. Te soñé mientras dormía. Me anclé a tu cuerpo cada noche, durmiendo al abrigo de tus brazos y arropada por la espalda, con la paz que me daba saber que nunca te perdería.

Te robé tus noches, te robé tus días, te robé tus fiestas, tu tranquilidad, tu descuido. Te robé tus verdades, te robé tus misterios, tus amigos. Te robé la oportunidad de ser siempre sincero, y la de vivir todas las noches acompasado a otro cuerpo que no sea el mío. Te robé la tranquilidad y la certeza. La oportunidad de vivir sin ocultarte, de besar sin mirar atrás, de querer sin velos ni secretos, sin mentiras ni, tristezas, ni decepciones, ni lamentos.

Te regalé una vida. Una vida entera. Te regalé mi corazón, mi alma, mi mente, mis sueños. Mi conciencia, mi inconsciencia, mi cuerpo, mis lágrimas, mis sonrisas. Te regalé mis miedos, mis carencias, mi conformismo, mi estabilidad. Mis latidos, mis suspiros, mis días y mis noches, cada uno de mis segundos, cada duda, cada acierto, cada decepción, cada momento.

Te robé la vida y, a cambio… te regalé la mía.

Quise morir de alegría, y apenas sobreviví. Quise ganar a toda costa, aunque perdí. Quise honrar a mis amigos, cuidar a mi familia, quise ser mejor persona; pero no lo conseguí. Quise escribir un gran libro, y en la segunda página lo dejé. Quise soñar, pero me desperté. Quise ser sincera, y me mentí. Quise perderme en la noche, y me encontré. Quise ver amanecer y el sol se fue.

Quise vivir de nostalgia, y me golpeó el presente. Quise avanzar y caí de espaldas. Quise llorar, pero reí. Quise marcharme y me quedé. Quise correr, quise seguir, quise saltar; y me tumbé. Quise volverme invisible pero al mirarme al espejo, estaba allí. Quise encontrarte y no te busqué. Quise besarte y me cohibí. Quise soñar despierta y me dormí. Quise cantarle al mundo, y me callé. Quise gritar y enmudecí. Quise sentir, quise volar, quise vivir… quise SER… y nunca fui.

Hoy cumples mi número mágico, el de la buena suerte. Hoy hace 7 años que llegaste a mi vida haciendo que el sol brille aún más fuerte cada día. Hoy te veo despertar con una gran sonrisa y alucinando porque me haya acordado de regalarte las dos tonterías que más ilusión te hacían.

Llegaste con miedo a quedarte, a esta dimensión desconocida en la que yo te esperaba impaciente con una dosis de pánico y otra de infinita alegría… Y me lo pusiste muy fácil, buscando tu hueco sobre mi pecho y entre mis brazos, donde te quedaste tan a gusto que durante años no querías moverte de allí.

Este año, te he visto crecer aún más que nunca, no sólo en centímetros, sino en palabras, en formas de actuar, en emociones. Este año te has hecho independiente, has creado un pensamiento crítico y propio, no dejando que nadie, ni siquiera yo, te lo robase, y no sabes lo orgullosa que estoy cuando me llevas la contraria… es la señal inequívoca de que algo estoy haciendo bien como madre.

Gracias por regalarme cada día la mejor de tus sonrisas; por enseñarme que muchas veces estoy equivocada. Por dejarme ganar en las guerras de cosquillas y por abrazarme con todas tus fuerzas. Por pedirme un beso, y otro, y otro, por invitarte a mi cama diciendo que me vas a leer un cuento y hacer que te lo termine leyendo yo. Gracias por quererme incondicionalmente, por perdonarme siempre; por hacerme la vida muchísimo más divertida y por enseñarme a amar sin condición ninguna.

Vive, mi vida. Vive tu vida como si el mañana no existiera. Vive con la inocencia de toda la infancia que aún te queda. Disfruta cada segundo, cariño mío, porque al final del día es lo único que tendrás. Sigue creciendo, por fuera y por dentro. No demuestres nada a nadie, sé siempre fiel a ti mismo. Y cómete el mundo cada día, sal a la calle dispuesto a saltar en los charcos, a bailar bajo la lluvia, a jugar con cada sombra, como cuando me haces mantener el equilibrio al contarme que si me salgo de las baldosas blancas me caigo a un estanque lleno de cocodrilos o de tiburones hambrientos. Nunca pierdas tu imaginación, tu creatividad, nunca dejes de correr, ni de cantar. Nunca dejes que nadie te diga cuál es tu camino a seguir. Te quiero libre, te quiero salvaje, te quiero tal y como eres. Y sobre todo, no olvides lo más importante. Siempre, siempre: sé feliz.

Muchas felicidades, Daniel. Muchas gracias por ser así.