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Ven a mi mundo, ven si te atreves. Al mundo del caos, del ruido y de las ruinas. Un mundo diferente, donde nada es lo que parece; donde la prisa es quien te da la bienvenida, donde las cosas por hacer se amontonan en los rincones reduciendo tu espacio vital al mínimo. Vente conmigo, al lugar donde la culpa nada a sus anchas, invadiendo cada sonrisa, cada abrazo, cada lágrima, cada suspiro.

Ven a mi mundo, ciudad desmoronada, donde el terror reina ya sobre las cenizas que campan libremente cubriendo de sinsabores cada superficie. Ven, si te has ido, ven, o no vuelvas. Busca sabiamente una salida, una puerta a la libertad que aquí se halla extinguida y condenada, entre las cajas que ahora cobijan los restos del naufragio, entre las olas del mar que desde el infinito nos inunda y cuyo rumor nunca termina.

Abre la ventana; deja entrar el miedo, que ocupe libremente cada esquina de mi mente; sustituyendo el vacío por un vértigo innombrable, por un sentir que ya es tarde, por una vida perdida, por una esperanza gris, por un hoy puedo con todo, créetelo aunque sea mentira, pues en el planeta en el que mi mundo gira, los imposibles pelean incansables con las certezas, bailando en espirales medio deshechas.

Ven a mi mundo, ven, sé valiente. Adéntrate en la anarquía y la locura. Pregúntate cómo me mantengo entre hilos invisibles y entre ideas perdidas, haciendo malabares con los restos de cordura que aún me queda, escondida, agazapada, al fondo de un baúl, tras una caja, llena de fuegos, de colores, de ilusiones, de premuras, de agobios, de desórdenes, de figuras inconexas, de sumas y restas, de diarios, de secretos, de ideales y de letras.

Ven a mi mundo, ven si te atreves. El mundo que te atrapa, el que odias, el que quieres. Pues una vez entras en mi incoherencia, ya no regresas; quedas en ella hechizado y ya quizás nunca vuelvas.

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Yo nunca quise volar, ni llegar a tocar el cielo. Yo siempre pensé que con la inercia bastaría. Yo nunca confié del todo, ni desconfié por completo. Yo siempre mantuve la esperanza. Yo nunca soñé con otras vidas. Yo siempre busqué formas entre las nubes. Nunca pensé que perdería la sonrisa. Siempre creí que la palabra siempre, era para toda la vida. Yo nunca llevo ropa con estampados de flores. Siempre me siento viva cuando sólo se escucha el silencio. Yo nunca entro en un bar si el camarero está fumando en la puerta. Yo siempre intento pasar desapercibida. Yo nunca pretendí hablar más de la cuenta. Yo siempre pensé que siempre me sentiría viva. Nunca quise hacer ningún daño. Siempre defendí el poder de la palabra y de la calma. Nunca aprendí de mis errores. Yo siempre necesito tener un reloj a mano. Yo nunca apuesto a números pares, excepto al 12. Yo siempre tengo una canción en la cabeza. Nunca comí caracoles. Siempre pensé que era indestructible. Yo nunca he querido hacer puenting, pero envidio a quien lo hace. Siempre quise tocar el piano, o la guitarra. Yo nunca pasé de inventar más allá de la tercera página. Yo siempre tuve un poco de egoísta y mucho de altruista. Nunca aprendí a hacer el pino. Yo siempre soy consciente de que el mañana puede no existir. Nunca ahorré lo suficiente. Siempre quise ser completamente feliz por encima de todo. Nunca entendí las cosas a medias. Yo siempre leo libros, y más libros. Yo nunca abro una puerta sin llamar. Siempre quise ser más alta. Nunca me gustó llegar tarde, ni llegar la primera. Siempre he puesto los deseos de los demás por delante de los míos. Nunca elijo una mesa en un restaurante sin haber valorado la posición de las demás. Siempre intento mirar el menú antes de entrar. Nunca me ha gustado mi pelo. Yo siempre he adorado tumbarme al sol, en los días de calor intenso. Yo nunca creo en los yo nuncas. Siempre he odiado las mentiras. Nunca he sabido jugar al mus. Yo siempre creí que triunfaría. Yo nunca me siento sola, me encanta estar conmigo. Yo siempre creo que tras cada bache hay una nueva ilusión, una nueva frase, un punto y seguido. Nunca le deseo a nadie nada malo, ni siquiera a quien se lo merece. Siempre me siento un poco incómoda cuando voy a un lugar nuevo. Nunca viajo sin cinturón de seguridad. Siempre le doy mil vueltas a las cosas. Nunca me gusta dejar nada en manos del azar. Yo siempre que doy un paso al frente, dejo de mirar atrás. Yo nunca podría vivir sin escribir. Ni sin cantar. Ni sin soñar

Yo siempre pienso que yo… nunca.

Te robé la vida. Llegué entre las sombras de la noche, las que me acechan y me ahogan, las que me atraen y me acompañan; las que me gritan que te deje volar.

Te regalé una vida. Llegué como el sol una mañana, llenándote de buenos días, de buenas noches, de sueños, de dulzura, de planes, de futuros.

Te robé la vida. Y te condené a susurros y a silencios; a un amor en el encierro, a un escondite perpetuo. A una espera que, desesperada, intenta romper las amarras a las que se encuentra encadenada.

Te regalé una vida. Diferente, llena de imprecisiones, de indecisiones, de momentos extraviados llenos de magia, de abrazos clandestinos, de miradas profundas, de dudas infinitas.

Te robé la vida. Y con ella, me llevé miles de besos. Siempre furtivos, siempre prohibidos, siempre atentos, siempre alerta, con el corazón encogido, con calma, con miedo, con el sinsabor de vivir sin saber cuándo volverán aquellas caricias que por el camino se perdieron.

Te regalé una vida. Te soñé mientras dormía. Me anclé a tu cuerpo cada noche, durmiendo al abrigo de tus brazos y arropada por la espalda, con la paz que me daba saber que nunca te perdería.

Te robé tus noches, te robé tus días, te robé tus fiestas, tu tranquilidad, tu descuido. Te robé tus verdades, te robé tus misterios, tus amigos. Te robé la oportunidad de ser siempre sincero, y la de vivir todas las noches acompasado a otro cuerpo que no sea el mío. Te robé la tranquilidad y la certeza. La oportunidad de vivir sin ocultarte, de besar sin mirar atrás, de querer sin velos ni secretos, sin mentiras ni, tristezas, ni decepciones, ni lamentos.

Te regalé una vida. Una vida entera. Te regalé mi corazón, mi alma, mi mente, mis sueños. Mi conciencia, mi inconsciencia, mi cuerpo, mis lágrimas, mis sonrisas. Te regalé mis miedos, mis carencias, mi conformismo, mi estabilidad. Mis latidos, mis suspiros, mis días y mis noches, cada uno de mis segundos, cada duda, cada acierto, cada decepción, cada momento.

Te robé la vida y, a cambio… te regalé la mía.

Quise morir de alegría, y apenas sobreviví. Quise ganar a toda costa, aunque perdí. Quise honrar a mis amigos, cuidar a mi familia, quise ser mejor persona; pero no lo conseguí. Quise escribir un gran libro, y en la segunda página lo dejé. Quise soñar, pero me desperté. Quise ser sincera, y me mentí. Quise perderme en la noche, y me encontré. Quise ver amanecer y el sol se fue.

Quise vivir de nostalgia, y me golpeó el presente. Quise avanzar y caí de espaldas. Quise llorar, pero reí. Quise marcharme y me quedé. Quise correr, quise seguir, quise saltar; y me tumbé. Quise volverme invisible pero al mirarme al espejo, estaba allí. Quise encontrarte y no te busqué. Quise besarte y me cohibí. Quise soñar despierta y me dormí. Quise cantarle al mundo, y me callé. Quise gritar y enmudecí. Quise sentir, quise volar, quise vivir… quise SER… y nunca fui.

Hoy cumples mi número mágico, el de la buena suerte. Hoy hace 7 años que llegaste a mi vida haciendo que el sol brille aún más fuerte cada día. Hoy te veo despertar con una gran sonrisa y alucinando porque me haya acordado de regalarte las dos tonterías que más ilusión te hacían.

Llegaste con miedo a quedarte, a esta dimensión desconocida en la que yo te esperaba impaciente con una dosis de pánico y otra de infinita alegría… Y me lo pusiste muy fácil, buscando tu hueco sobre mi pecho y entre mis brazos, donde te quedaste tan a gusto que durante años no querías moverte de allí.

Este año, te he visto crecer aún más que nunca, no sólo en centímetros, sino en palabras, en formas de actuar, en emociones. Este año te has hecho independiente, has creado un pensamiento crítico y propio, no dejando que nadie, ni siquiera yo, te lo robase, y no sabes lo orgullosa que estoy cuando me llevas la contraria… es la señal inequívoca de que algo estoy haciendo bien como madre.

Gracias por regalarme cada día la mejor de tus sonrisas; por enseñarme que muchas veces estoy equivocada. Por dejarme ganar en las guerras de cosquillas y por abrazarme con todas tus fuerzas. Por pedirme un beso, y otro, y otro, por invitarte a mi cama diciendo que me vas a leer un cuento y hacer que te lo termine leyendo yo. Gracias por quererme incondicionalmente, por perdonarme siempre; por hacerme la vida muchísimo más divertida y por enseñarme a amar sin condición ninguna.

Vive, mi vida. Vive tu vida como si el mañana no existiera. Vive con la inocencia de toda la infancia que aún te queda. Disfruta cada segundo, cariño mío, porque al final del día es lo único que tendrás. Sigue creciendo, por fuera y por dentro. No demuestres nada a nadie, sé siempre fiel a ti mismo. Y cómete el mundo cada día, sal a la calle dispuesto a saltar en los charcos, a bailar bajo la lluvia, a jugar con cada sombra, como cuando me haces mantener el equilibrio al contarme que si me salgo de las baldosas blancas me caigo a un estanque lleno de cocodrilos o de tiburones hambrientos. Nunca pierdas tu imaginación, tu creatividad, nunca dejes de correr, ni de cantar. Nunca dejes que nadie te diga cuál es tu camino a seguir. Te quiero libre, te quiero salvaje, te quiero tal y como eres. Y sobre todo, no olvides lo más importante. Siempre, siempre: sé feliz.

Muchas felicidades, Daniel. Muchas gracias por ser así.

Hoy respiro a través del aire que te sobra: tú, mi patria, mi frontera, todos mis sueños, mi sombra. Me falta el aire y me ahoga esta sensación de asfixia que no me abandona.

Ven, vida, y hazme el boca a boca; que tu aliento se convierta en mío, devuélveme el corazón, la razón, la inspiración y el sentido.

Ven conmigo, al abrigo de esta loca, que perdió la cordura al despertar una mañana, al encontrar frente al espejo una reacción que no esperaba.

Ven y abrázame bien fuerte; que se me escapa la vida que soñé contigo, que eres mi paz, tú, mi guerra; mi presente y mi destino.

Hoy inspiro el aire que a ambos nos falta, y te busco entre los renglones de mis letras. Tú mi prosa, mi poesía, mi lírica, mi poema… Mi vida entera.

Él llegó una noche desde el planeta verde, donde no brilla el sol. Donde la luna no fue; donde ella nunca existió, por muchas vueltas que él diera, nunca jamás la encontró.

Ella, desde un asteroide rojo vino a aterrizar. Puro fuego, vida, luz, luchando cada minuto con su propia oscuridad, creyendo en la magia, en el destino, en el azar.

Él, tan osado, tan decidido, valiente. Ella, alérgica a la gente. Él, nocturno y sonriente. Ella: luz, melancolía. Él; nómada sin equipaje. Ella, atrapada en esta tierra, por su espíritu salvaje.

De planetas tan distintos ellos cayeron, y un buen día, por casualidad se encontraron. Sin mediar palabra alguna, ella y él se enamoraron. Y vivieron noche y día, entre sueños; tan felices, que nunca importó que llegasen de mundos tan alejados, pues mirándose a los ojos se entendían perfectamente, rojo, verde, blanco y negro, dando gracias a su suerte.

Pero los sueños, son sueños, y no siempre están cuando despiertas. Cuando miras el futuro y ves diferentes metas. Él se levanta, cuando ella se acuesta. Horarios acompasados siempre: pero a la inversa. Ella, tan de dar vueltas a la cabeza. Él, tan de vivir al día, ella un puzzle, él una pieza.

Y aún en mundos tan dispares ambos se reconocieron. Nada más chocar, a los minutos de encontrarse, lo supieron. Y aunque a veces, todo basta, y el amor es suficiente, otras veces, nada vale, por mucho que ambos lo intenten.

Todavía ellos se encuentran, por magnetismo inconsciente, deseando vivir juntos, lado a lado, frente a frente. Luchando con las mareas, nadando a contracorriente; soñando con un futuro feliz, completo, vivo, ardiente.

Todavía ellos se buscan, y se adoran, y se admiran, se completan mutuamente. Hablado un desconocido idioma que solamente ellos comprenden. Todavía van buscando la manera de quererse; sin secretos, sin mentiras, de una forma sorprendente… aún sabiendo que vinieron de planetas diferentes.

Me tumbo sobre el calor abrasador de esta playa. El cielo es mi mundo, el sol quien me arropa, la arena: mi cama. Y a mi alrededor un interminable bosque de sillas y sombrillas, con un pequeño sendero que me aleja de la orilla.

Desde este fuerte veo las sonrisas sinceras de los niños. Las miradas eternas de los enamorados. Los besos que no se les acaban. Las parejas jugando a la pelota o a las palas. Las familias paseando en barca. Y cierro los ojos, desactivo el WhatsApp y subo el volumen de la música, para dejar de pensar.

Añoro mi irrealidad, navegando a la deriva, perdiéndome en una isla, buscando el silencio, la paz, la soledad. Y me encuentro de vuelta, rebozada de arena, salpicada de agua, con boca de payaso dibujada a todas horas y tragando las ganas de escapar.

Estoy en blanco, vacía, sin ideas, sin sueños, sin metas, sin planes, sin futuro, sin vida, sin ganas de vida. Estoy que no estoy. Estoy que no me lo creo. Estoy bajo la atenta mirada de una cámara fija que no me deja respirar. Me siento enjaulada, observada, encarcelada, bajo la monitorización constante del teléfono, un show de Truman, un gran hermano, una vida completamente organizada sin un solo segundo para mi serenidad ni para la improvisación.

Necesito volar lejos, donde los sonidos no existen. Saltar desde lo más alto, donde nadie me mire. Gritar hasta dejarme la voz, cuando nadie me escuche. Llorar contra mi almohada durante una semana entera, donde nadie me vea. Cantar hasta que me duela la garganta, las canciones que en mi cabeza resuenan.

Mi calma llega entre los libros, mi ansiedad se disuelve entre mis letras. Y hasta eso, ahora, será analizado con lupa, cada frase, cada párrafo, cada punto, cada coma.
Mi calma llega entre los árboles, mi ansiedad se disuelve entre las hojas. Y ni siquiera me han quedado fuerzas de escaparme hasta el puente de los suspiros, a suspirar tranquilamente, a escuchar el sonido de los pájaros, a sentir el viento en mi frente, a soñar con una vida en la que  se puede convivir en libertad; en la que todo es diferente y, a la vez, todo es igual.

Soñé que de verdad lo conseguía; que escribía miles de palabras llenas de emociones; de historias tristes, de risas, de ilusiones. Soñé que todo tenía sentido y que página tras página mi sueño se convertía en libro, el cual quizá con escaso éxito acaso consiguiera llegar al corazón de algún lector amigo mío.

Soñé que al escribir creaba otra realidad nueva, y que sólo con plasmar mis letras en la pantalla mis personajes cobraban vida. Que mis deseos manuscritos sin más se realizaban, que hasta la felicidad saltaba de alegría, y que el dolor, el desengaño, la culpa y las rasgaduras, entre los capítulos incompletos se quedaban y se perdían.

Afrontaré la verdad tal como venga, aunque en el camino quizá me pierda. Asumiré la gran carga de todos mis nuevos defectos; aquellos que creí imposible tener cuando vivía inmersa en mi mundo lleno de aquellos autoengaños tan perfectos. Aceptaré el control de mis carencias, pues ni supe que las tenía hasta que te inventé aquel día.

Tú, personaje perfecto, conectas con mi heroína. Amante de mi alter ego, descrito con tal exactitud y excelencia que cuando sepan que existes todos creerán que es mentira. Saltarás de entre las páginas, tan real como mi existencia.  Tú, mi música, mis letras, mi cabeza, yo, tu amiga. Tu otra alma, tu confidente, tu compañera de vida.

Soñé que de verdad lo conseguía; y que describía al detalle un futuro que en realidad creaba. Soñé que en esta vida sólo son necesarias las palabras. Que la verdad nace de mi fantasía, que tangible se presenta, indestructible, tan mía, más real a cada segundo de cada minuto de cada hora de cada día. Y que yo, entre aquellas páginas, dejé atrás quién creí que era, reescribiendo cada párrafo para que nuestras almas se encontraran; y así, perdida en tus brazos, al fin me reconocieras.

Prométeme una vida, llena de vida. Un sueño lleno de sueños, un rincón que arrincone cada uno de mis miedos. Una isla solitaria, en medio de la nada, donde el sol busque un hueco para asomarse cada día, por muchas nubes que haya.

Prométeme que este mundo aún girará mañana, que la luz entrará a raudales a través de las ventanas, dejando ver a su paso las motas de polvo sostenido que bailan al compás de mis suspiros. Prométeme otra madrugada, un día más, otra mañana, en la que las ilusiones brillan fuerte y nunca acaban.

No duermo, si no es contigo, respirando sobre mi nuca suavemente, aunque a veces sólo sea a través de un sueño imprudente. Si no es por tí no despierto, con el beso que me das tan dulcemente que si me falta, me muero.

Prométeme mil silencios, llenos de palabras enlazadas, entre las que descubrimos que los hilos del destino los tejen las hadas. Prométeme cien secretos, enigmas que una vida entera no resuelva,  para que siempre nos queden por descubrir nuevos misterios.

Ven, júrame que estás conmigo, y que el tiempo, largo, corto, raudo o lento, es relativo. Júrame una vida entera, de recuerdos que, si pudiera, reharía de cero contigo.

Me duermo, pues ya es muy tarde, y tú hace un rato que abrazas la almohada, en la que yo hace poco, te esperaba. Me despertaré mañana, besándote en cada palabra, con la inercia de las horas que hacen avanzar el día, hasta que vuelvas conmigo, y te abrace a lo despistada, con rapidez y presteza, y la dulce calidez provocativa, de la distancia que marcan nuestras mirada furtivas.