Durmió durante más de diez horas, y perdió un bostezo entre las sábanas al escuchar el sonido del inquietante silencio típico del despertar en las mañanas de los días de fiesta. Recordó sin esfuerzo su invernal sueño, y pensó que con dos grados bajo cero, nada es más apetecible que bailar bajo la nieve sobre un manto de hierba escarchada, dejando que los copos acaricien tu rostro y se deshagan inevitablemente al contacto con la piel.
Siguió soñando despierta, con su taza de café entre las manos, y tras invertir diez minutos en una ducha muy caliente, conjuntó sus pantalones de pana y sus botas de agua, con un jersey de cuello alto, una sudadera adidas y la cazadora roja que aunque ya está algo gastada, sigue siendo una de sus prendas favoritas. Salió del portal enfundándose los guantes, con la sonrisa puesta bajo una larga bufanda y escondiendo sus orejas con su gorro de lana deshilachada, con una borla en la punta que la hacía parecer más alta…
…y miró al cielo.
Y su alegría se desvaneció al momento.
Y el sol, que no entiende de deseos, brillaba allí en lo más alto, de aquel caluroso quince de agosto.

