No es noche lo que ahí afuera me espera, aunque el sol se esconde en algún punto infinito del cielo, oculto por la densa capa de nubes que lo envuelve. No es una sonrisa lo que hoy observo en el espejo, porque agotada me rindo al cansancio que se ha adueñado de mi cuerpo, y me pide más y más cama. No existe analgésico legal para la debilidad que me consume, y aunque atrás quedaron los días en que la enfermedad se aliaba con la fiebre para dominarme, hoy las brasas de aquel fuego todavía me queman, y a plomo caen mis sentidos sobre cualquier superficie plana.
No es noche lo que ahí me espera, aunque en la oscuridad fría desperté sola y desarropada, y en esa noche cerrada el tic-tac me dio una tregua de varias horas para despertar una vez más con ansias de un nuevo día, pero al alba, cuando el canto desafinado del reloj me avisó de la llegada de la luz, la busqué entre las tinieblas sin encontrarla, y sin buscartelo encontré entre mi destino, al sopor que con sus sábanas negras me envuelve, y me arrastra de nuevo hacia el abismo.
